Yo no moriría nunca por mis creencias porque puedo estar equivocado

- Bertrand Russell

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lunes, 30 de abril de 2012

Sesgo Confirmativo


Coloqué un paquete de café espresso como cereza sobre la carretilla de supermercado. Ese último ítem no estaba en la lista de compras pero sí en la de terrores, tal es lo que me causa la posibilidad de levantarme una mañana y descubrir su ausencia. Me apresuré a la zona de cajeros, ansioso por terminar este deber hogareño que no se encuentra entre mis predilectos. Ocho cajas con sus cajeros activos, y el ojo comenzó un escrutinio rápido para reconocer la línea más corta y con carretillas menos pródigas. La encuentro y me afirmo al fondo de esa prometedora línea con mi tarjeta de débito en mano y mis dedos dispuestos a bajar la marca de los 7 segundos que me toma deslizar la banda magnética, digitar el PIN, responder que no quiero “cashback” y oprimir un final “yes”. 

Cuando me faltan dos personas para llegar a la  caja, observo lo llenas que están las filas ese día; sin proponérmelo me percato de un individuo con peinado ridículo y una señora conspicuamente voluptuosa que se acaban de allegar a dos de las filas más desesperanzadoras. Pobres! - pienso -  tienen como 7 u 8 personas por delante!

Me falta solo una persona para pasar la aduana hacia la libertad, cuando una serie de acontecimientos empiezan a desarrollarse en esa caja de mi línea. La señora compradora pregunta algo sobre uno de los productos que está llevando; discute por largo rato sobre el asunto hasta que la cajera levanta la cara, abre un micrófono, llama a alguien, pero “alguien” no aparece, entonces es la cajera quien desaparece. Los segundos se hacen minutos y regresa la cajera con “alguien” quien se va con el producto hacia el interior del supermercado, supongo que a cambiar la lata o algo parecido. Más segundos, más minutos y ya trae otra lata. La señora compradora habla y habla sobre el resto de su compra como si el pagar en caja de supermercado fuese una actividad social. Espera hasta el último momento en que le muestran el total que debe cancelar para - ¡hasta entonces! - comenzar a excavar su bolso, del cual saca hasta cocodrilos (o esa era mi percepción en el suplicio de ser devorado por las llamas de la impaciencia). Mientras barajea tarjetas plásticas, encuentra una en la que le marcan unos puntos por las compras que hace (y los que yo siempre desprecio porque prefiero un minuto de mi tiempo a un millón de ellos). Luego de esa interminable operación en la que la señora pide saber cuántos puntos lleva, cuántos agregó en esa compra y cuántos le faltan para ganarse una sartén, decide con monástica calma comenzar a escribir un cheque (y a buscar un bolígrafo en el fondo de su bolsón). Observo entonces con indescriptible envidia cómo un ridículo peinado y una figura conspicuamente voluptuosa, atraviesan la puerta con el rótulo de “EXIT”, y cómo hasta quienes estaban tras ellos ya recogen sus bolsas de la banda.

Y mientras “mi” cajera revisaba y escrutaba el cheque que le acababan de entregar, realicé que este no era más que un nuevo episodio de algo conocido como Las Leyes de Murphy. Eso es. Me estaba topando de nuevo con la Ley de Murphy para las filas, la misma que opera cuando voy en el freeway (que aquí en Chicago se llaman “expressway”) en el viscoso tráfico del viernes por la tarde, y observo que hay un carril que se mueve un poco más rápido; lucho por cambiarme a ese, pero cuando lo logro, se paraliza por completo y es precisamente la línea de donde vengo la que empieza a moverse rápido.
“La Ley de Murphy se confirma!”- pienso siempre.

Para el momento en que fui atendido, pensé que el del pelo ridículo y la señora voluptuosa debían estar ya 
en su casa sentados en un sillón y rascándose la barriga.

No dejé de rumiar mi derrota de haber escogido la fila más corta para caer en la boca del lobo más parsimonioso imaginable. Tampoco dejé de reafirmar mi fe en las Leyes de Murphy como innegable misteriosa fuerza que gobierna nuestros destinos!... ejem, bueno ya en serio … no es cierto. Para entonces caminaba ya la senda del escepticismo y andaba tratando de aplicarlo a cada resquicio ideológico personal, a cada prejuicio, a cada preconcepto, a cada rasgo cultural.

Pero la desazón de haberme metido a la línea más pachorruda comenzó a desaparecer cuando ya estaba en mi casa sentado en un sillón rascándome la barriga … y aquello pasó a convertirse en prometedor tema de conversación para la próxima reunión social.

Y sí, la Ley de Murphy es aquella simpática observación que a todos nos da la impresión de ser válida, porque todos percibimos que hace parte de una extraña coincidencia fatídica en pequeño monto, pero que al final del día nos retribuye con carcajadas en las conversaciones.

Pero este post no se trata de las Leyes de Murphy (tampoco de comportamiento incivil en los supermercados). Las utilizo sólo para exponer el mecanismo cognitivo que las hace posibles: el Sesgo Confirmativo, Sesgo de Confirmación o Confirmation Bias (in English).

Lo que en realidad sucede, es que sobre asuntos en los que ya tenemos una idea preconcebida, una opinión, una ideología, un prejuicio, un preconcepto o un apego emocional, nuestro cerebro tiende a registrar o “anotar” sólo las experiencias e información que confirman nuestra creencia, ignorando por completo la masiva cantidad de experiencias e información que la contradicen. Se me pasaron por alto todas esas ocasiones en que escogí una caja expedita y en las que ni siquiera me detuve a observar si había alguien en otra línea envidiando cómo yo atravesaba la puerta de EXIT. Del mismo modo, muchas veces soy  yo en el expressway quien avanza más rápido que el prójimo, pero ello no recibe en mi cognición la anotación de “experiencia contraria a la Ley de Murphy”.

Si el sesgo confirmativo funciona hasta en una broma como la Ley de Murphy, imaginemos cómo debe funcionar maravillosamente cuando el cerebro trata de defender fortalezas ideológicas.

Conocí hace mucho a alguien que llevaba un curioso amuleto en su pecho al que acariciaba toda vez que se encontrara en un momento de incertidumbre o expectación ante un resultado deseado pero fuera de su control. Mi amigo afirmaba que su amuleto funcionaba “casi siempre”. Pero si ello fuera cierto y alguien pudiera tener acceso a un artefacto que eche la suerte a su favor “casi siempre”, en poco tiempo esa persona se convertiría en millonaria y desarrollaría habilidades extraordinarias. Pero mi amigo era un mediocre estudiante con dificultades económicas y grandes inseguridades; obviamente para mí, era su sesgo confirmativo lo que le hacía seguir creyendo en su amuleto.

Conozco en la actualidad alguien que siempre ora por conseguir estacionamiento en el down town de Chicago. A veces tarda 5 minutos, 10 minutos y hasta 20 minutos, pero hey! a veces al llegar frente a su destino alguien se está marchando, dejándole el espacio de parqueo de manera “milagrosa”; y cuando eso pasa, mi amigo me hace ver emocionado cómo es efectiva su oración. Por mi parte nunca rezo, y conseguir estacionamiento en el down town de Chicago también me toma a veces 5 minutos, 10 minutos y hasta 20 minutos, pero hey! a veces al llegar frente a mi destino alguien se está marchando dejándome el espacio de parqueo de manera … completamente aleatoria y de acuerdo a lo que la estadística pronosticaría. Mi amigo es víctima del sesgo confirmativo.

Rodeado como estoy de personas religiosas (como nunca lo estuve en cualquier otra etapa de la vida), puedo observar sesgo confirmativo “on parade” casi a diario. Si alguien enferma, comienzan las oraciones grupales e individuales; y como la mayoría de enfermedades siguen su ciclo de aparecimiento–desarrollo–remisión, sea que el enfermo sane en tres días o en tres meses siguiendo el adecuado tratamiento médico, invariablemente todos lo adjudicarán al “poder de la oración” y reforzarán su creencia. Lo mismo sucederá cuando alguien pierde su empleo, el acto de encontrar otro después de enviar curriculums y obtener entrevistas, es adjudicado también al poder de la oración. Una recaída en la enfermedad o un nuevo despido después de una semana en el nuevo empleo JAMAS será considerado como evidencia en contra del poder de la oración; a todos se les irá por alto y comenzará una nueva oportunidad cuyo resultado será siempre la confirmación de lo que ya creen.

Veamos lo que pasa con los desastres. Si se estrella un avión, y de 200 personas a bordo sólo sobrevive una, el asunto será interpretado como “un milagro” otorgado desde lo alto, sin jamás considerar que para las 199 personas fallecidas lo mejor que pudo ocurrir es que nadie hubiese practicado un milagro a costa de sus vidas. Así los terremotos, tornados, huracanes, inundaciones, etc, dejarán a su paso destrucción y muerte distribuida en forma estadística y aleatoria, pero esas pocas personas o casas que se salven serán vistas como confirmación de un poder protector inefable. Nunca las muertes y pérdidas se tomarán como contraevidencia de esa protección. Cada año decenas de mineros mueren soterrados en el interior de la tierra, pero basta que en un caso un pequeño grupo sea “afortunado en el infortunio”, se salve por estar en una bolsa de vida y luego de que se pone a funcionar todo el esfuerzo, ingenio y tecnología humana para traerlos a la superficie, entonces increíblemente todo el crédito se lo lleve la mística fuerza protectora que forma parte de las creencias generalizadas.

Por su parte, los charlatanes de todo tipo, deben su éxito al sesgo confirmativo de las personas que les escuchan. Son muchos los ejemplos pero mencionaré solo a esos “adivinos” que cada comienzo de año prueban suerte con pronósticos tan vagos y de tan alta probabilidad como “habrá un terremoto en un país que da al Océano Pacífico” o “habrá un gran huracán en el Caribe” o “morirá una ex estrella de cine”, pero que salpican su paquete profético con algunas predicciones más específicas, mencionando el nombre del país del desastre o el nombre del artista que va a morir. De más está decir que las más de las veces fallan miserablemente, pero nadie se da cuenta de ello porque se quedan muy callados y nadie recuerda qué fue lo que pronosticaron. Pero he aquí que conforme a una normalidad estadística, a veces, sólo a veces, alguno de ellos acierta en alguna de sus muchas profecías. Entonces es publicitado a lo grande en los tabloides y el adivino en cuestión explotará para siempre su “acierto” en su cultivo y cosecha de creyentes.

La estadística funciona y el sesgo confirmativo también. Si juego lotería todos los días de mi vida y le pido al duende de la fortuna que me conceda ganar, es muy probable que eventualmente le pegaré al premio, y aunque me haya gastado más en comprar boletos que lo ganado, ello será suficiente para otorgarle crédito al susodicho. Las miríadas de ocasiones en que no tuve éxito no serán nunca consideradas como contrargumento a los poderes de mi duende.

Ninguno de nosotros está libre de sesgo confirmativo, algunos ni siquiera están conscientes de que exista tal cosa. Así nuestra visión política y epistémica será su prisionera, impidiéndonos cualquier aproximación de comprensión hacia el adversario.

Los investigadores científicos tampoco son de palo, y tenderán a ser presas de su propio sesgo confirmativo hacia sus acariciadas hipótesis. Pero aquí es precisamente donde entra en juego el Método Científico (ya discutido) y el sistema de “Peer Review” que mantendrán en brida la muy humana tendencia a desbocar hacia lo deseado. La ciencia funciona gracias a sus mecanismos de defensa contra los sesgos confirmativos y otras debilidades personales.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

La Apuesta de Pascal. O cómo jugar una ruleta de dos casillas.

 
Blaise Pascal. Gran matemático y filósofo del siglo XVII
Habrá sido hace unos 10 años. Ella era mi novia; o tal vez no. Quizás nunca lo fue. Fue una de esas extrañas relaciones en las que nunca sabes si estás parado más aquí o más allá de esa sutil línea que es el derecho de agarrar mano y compartir aliento. Todo inició con miradas furtivas en el elevador de la gran empresa donde trabajábamos. Me coqueteó tras sus pestañas; le respondí con mi mejor sonrisa tras mi corbata y mi soltería. Un par de salidas al café y otro par al cine, y las conversaciones se fueron abriendo paso entre los velos externos de cada personalidad. Luego de mil temas conversados:

-    ¿Católico o Evangélico? – Preguntó ella, en un país dividido 65%-35% sobre esa dicotomía.

-        Ni uno ni otro – Respondí yo.

-        Pero … creés en Dios ¿no? – Ella de nuevo buscando el punto en común, en un país donde esa pregunta raramente recibe como respuesta un “no”.

-         Pues … francamente … NO! – Decidí responder con sinceridad en el tiempo que esos puntos suspensivos duraron. Pensé que era mejor que ella supiera desde un inicio todo sobre mis convicciones o falta de ellas, en un país donde de todos modos la posición religiosa de las personas es algo bastante secundario.

-         ¡No te creo! – Se mostró sorprendida pero sonriente, tal vez imaginando que había encontrado una nueva mina de conversaciones y la posibilidad de conducirme con éxito por un Camino de Damasco  lleno de romance.

Y comenzó a darme un par de razones, de fácil contrargumentación, por las que yo debería cambiar de parecer. Pero, tal como dije, el asunto es bastante secundario en ese país y pronto llegaron nuevas olas de charla sobre temas más ligeros.

Días después, cuando la relación languidecía por razones completamente ajenas a la afiliación religiosa, recibí un curioso e-mail de entre los muchos que ella me enviaba. Era una presentación de Power Point, de esas que no sabes quien hace y se distribuyen viralmente por el correo electrónico (en esos tiempos pre-facebook). La presentación en sí desarrollaba un argumento apologético creado por un personaje a quien yo conocía por ser uno de los más grandes matemáticos de la historia. Un genio de la Teoría Probabilística, de la Matemática, de la Hidrodinámica e Hidrostática y en honor a quien se nombró a las unidades de presión en el Sistema Internacional y a uno de los mejores lenguajes de programación que haya existido. Hablo del gran Blaise Pascal, a quien le conocí sus fórmulas durante mis estudios de ingeniería, pero a quien no concebía como apologista.

Como ya tenía experiencia recibiendo ese tipo de correo en los que falsamente colocan en labios de hasta el mismísimo Albert Einstein, frases que lo hacen parecer como un creyente (y no lo era), con la intención de subirse a lomos de su prestigio intelectual, me lancé a la búsqueda on-line sobre Pascal y sus trabajos extracientíficos. Y encontré que esta apología sí era auténtica.

El argumento en cuestión, que es universalmente conocido (después averigüé) como La Apuesta de Pascal, me sorprendió por ser el primero (que yo encontraba) que usara estricto razonamiento probabilístico-matemático a favor de la creencia en Dios. Así es. No era otra de las trilladas y difusas  apelaciones a la emoción que sólo funcionan con los que ya creen, como “sentirlo en tu corazón” o “porque él es amor”. Tampoco era un pirueta de lógica como “mira las flores y los pajaritos … por tanto: Dios”. Esta vez el argumento no era una flecha al corazón, sino al cerebro.

La Apuesta de Pascal dice que te conviene creer en Dios, aún cuando la probabilidad de su existencia sea muy baja, porque la penalidad por no creer, es decir ir al infierno a ser torturado para siempre, es tan indeseable que es mejor apostarle a creer.

En boca del mismo Pascal: Si Dios no existe, entonces no ganas ni pierdes nada con ser creyente. En tal caso, sea que creas o no, tú solo mueres y ese es tu fin. Pero si escoges creer en Dios y estás en lo correcto, entonces el premio es infinito: Dicha eterna en el Cielo!. Ahora bien, si escogiste no creer y estás equivocado, entonces sufrirás tormento infinito en el infierno.

En resumen:
 
TABLA DE RESULTADOS
CREES EN DIOS
NO CREES EN DIOS
DIOS EN REALIDAD NO EXISTE
0 (no pasa nada)
0 (no pasa nada)
DIOS EN REALIDAD SI EXISTE
Positivo Infinito (Cielo)
Negativo Infinito (Infierno)

Según Pascal, puesto que las probabilidades de existencia de Dios son desconocidas, pero el esquema de premio/castigo es infinitamente a favor de creer en Dios, te conviene apostarle a creer, si bien sólo por si acaso. Esa sería la apuesta más segura y racional.

El correo detuvo en seco mi frenética y última revisión de correspondencia antes de ir a casa. En una primera andanada de pensamiento el argumento me sonó convincente. Pero había algo en lo que no cuadraba. Hoy me asombro de no haber podido detectar la falacia de la Apuesta de Pascal con la velocidad que me hubiese gustado alardear.

Bajé los cinco pisos que me separaban del nivel del suelo, caminé los 200 metros que me separaban de mi vehículo y recorrí los 12 km en tráfico pesado hasta mi casa, con la Apuesta de Pascal rebotándome de lado a lado en las paredes del cerebro. Antes de apagar el motor, lo tenía. Encontré la renquera del argumento … y sonreí.

Años después, ahora viviendo en mi nuevo país, donde la gente le otorga mucha importancia a la posición personal e íntima que cada quien tenga con respecto a las religiones (tanto que uno de los dos partidos políticos está completamente dominado por teócratas), me he encontrado con que la Apuesta de Pascal es un argumento bastante estándar esgrimido por los creyentes en sus discusiones con los no creyentes. Ello a pesar que ya Voltaire y Diderot se contaron entre los primeros en echar vinagre en los Corn Flakes de Pascal, con una crítica mordaz poco después de la publicación de la apuesta. Pero quién sabe porqué, el argumento es tan recurrente en las discusiones, sea conscientemente con su nombre y apellido, o inconscientemente, como cuando se le pregunta a un no-creyente: "¿qué te espera si estás equivocado?", que me veo compelido a apuntar a las flaquezas de la Apuesta de Pascal (Pascal´s Wager) en los siguientes párrafos.

La Apuesta de Pascal sufre de cuatro flaquezas. Tres menores y otra ciclópeamente mayor.

Primera Flaqueza Menor:

La Apuesta de Pascal es un acto de cinismo. Está forzando una creencia sólo porque le conviene en términos de resultados y no porque tenga una convicción o encuentre virtud en ello. Es por demás obvio que cuando Pascal habla de Dios, se está refiriendo a Yahvé, el Dios de la Biblia, quien posee el poder de leer mentes e intenciones (Lucas 16:15) y que es terriblemente celoso e intolerante (leer cualquier parte del Pentateuco). Dios sabrá entonces que lo que está haciendo Pascal (o cualquier seguidor) es una pura apuesta y no hay sinceridad en ello. Por tanto le toca infierno también a Blaise.


Segunda Flaqueza Menor:

El costo de creer es cero sólo en el caso que se posee la creencia a un nivel epistémico. Pero es  muy probable que la creencia te conduzca por un camino religioso sectario y fundamentalista. En tal caso, diezmos, mojigatería, aversión a la ciencia, odio a quienes tienen distinta orientación sexual, tribalismo, xenofobia, pisoteo de los derechos que otros tienen a pensar distinto, guerras de conquista y evangelización, destrucción de otras culturas, negación de adecuada educación y tratamiento médico a la propia familia, abuso psicológico de niños, misoginia, represión sexual, son sólo algunas muestras de los costos que a alguien (y a la sociedad) le puede ocasionar una creencia religiosa. Alguien podría también contrapesar en los beneficios que puede producir una afiliación religiosa, como sentido de pertenencia, realización, propósito, filantropía, etc. Pero todos ellos son beneficios no exclusivos de las religiones y que pueden ser, y son también alcanzados a través de afiliaciones completamente seculares.

Tercera Flaqueza Menor:

¿De dónde saca Pascal que el creer en algo (lo que sea) es una acción que depende de la voluntad? Digo, tú no decides si vas a creer en la existencia del Sr. Mxyzptlk en la quinta dimensión, o en que un enano irlandés tiene escondido un tesoro ahí donde nace el arco iris, o en el ratón Perez que le regala dinero a los niños a cambio de sus dientes. Crees algo o no lo crees, así de simple. Dependiendo de qué tan alta coloques la barra del escepticismo y los niveles de evidencia que te satisfagan. ¿O me equivoco?


Y para finalizar, el plato fuerte. (Fanfarrias y redobles de fondo)

Gran Flaqueza Mayor:

La Apuesta de Pascal es el arquetipo de la falacia lógica conocida como Falsa Dicotomía. En ella se asume falazmente que sólo existen dos posibilidades. O Chana o Juana, como decían en mi pueblo. O crees en Yahvé - el Dios de la Biblia - o no crees en él y sobre eso haces una apuesta.

El argumento de Pascal es un intento de introducir racionalidad a una creencia religiosa específica, y es allí donde comienza y termina su legitimidad. Si vamos a extender sobre la mesa razones matemáticas y probabilísticas en una apología, debemos ser consistentes en el rigor de raciocinio de la misma. El mundo no está dividido en sólo dos facciones en cuanto a fe se refiere. Pascal está siendo presa de lo que se conoce como etnocentrismo cultural, pues considera que sólo debe tomar en cuenta las creencias predominantes en la cultura en que nació y creció, despreciando totalmente todo lo que está en el rico mosaico externo.

Qué pasa si al final de cuentas son los musulmanes los que tienen la verdad? Aláh no estará para nada contento ni con Pascal, ni conmigo, ni con ningún cristiano; todos los infieles estaremos en el infierno mientras Osama Bin Laden goza de sus 72 vírgenes en el lujurioso paraíso islámico. O pensemos, qué pasa si quienes tienen la razón son los indúes? Pues que todos nosotros, Pascal, este servidor y cualquier otro que no haya meditado lo suficiente para mejorar su karma, reencarnará en gusano (Bin Laden tal vez reencarne en ácaro o a lo mejor en cacarañica). Y qué tal si son los Wiccans los que tienen la razón? O la iglesia cienciológica, o los mormones, o los sikhs, o los bahai, o los pastafarianos (?). Ninguna religión contemporánea puede ser excluida si se quiere hacer una apuesta válida.

Pero ahí no termina la cosa. No podemos excluir tampoco la posibilidad de que alguna religión del pasado sea “la verdadera”  y se encuentre pasando sólo por una edad oscura antes de resurgir en el futuro con su verdad redentora. Podría ser que al “otro lado de la muerte” nos encontremos con Baal, quien debe estar encabritadísimo especialmente con los seguidores de Yahvé, su viejo enemigo. Hay que asignar casillas en la apuesta también para los dioses del Olimpo; para Odín y Thor en Asgaard; para el persa Ahura Mazda y su hijo Mithra, nacido de una virgen en un pesebre durante el solsticio de invierno (suena familiar, no?); para Ra, Amun, Isis y el terrible Osiris; para Kukulkan y el resto del panteón maya … y un infinito etcétera por todas las religiones que antaño fueron consideradas por alguien como la realidad última.

Pero tampoco ahí podemos parar. Yahvé tardó 200,000 años para decidir que era hora de revelarse al homo sapiens como su dios (OK, para los fundamentalistas tardó sólo 4,000 años en revelarse a toda la humanidad, pero aún así dejó pasar tiempo) ¿Quién nos dice que el verdadero dios no está esperando sólo un par de siglos más para revelarse, y del cual no conocemos aún nada, del mismo modo que los aztecas e incas no podían tener ni remota idea del dios que les sería “compartido” por los conquistadores? Y ese dios, puesto que su revelación aún está en el futuro, podría tener cualquier atributo imaginable. Podría ser más severo que Yahvé; o podría ser amoroso de verdad y no estar interesado en sistemas de premio y castigo. Podrían parecerle ridículos y muy culturales los conceptos de salvación y condena, cielo e infierno. Podría ser completamente indiferente, o rebosante de buen humor, o ser un gran tirano. No sabemos, y no podemos excluir ninguna posibilidad.

También podría ser que Yahvé sí exista, pero que su carácter haya sido desfigurado por los seres humanos. A lo mejor es un bonachón que abrazará a todas sus criaturas con comprensión, reconociendo que todos fuimos seres desorientados por nuestras limitaciones cognitivas y mal guiados por milenios de patriarcados que inventaron religiones y escribieron libros sagrados. A lo mejor Yahvé está sólo haciendo un experimento con nosotros y le interesa ver en qué medida la humanidad cae rendida por el dogmatismo y cuánto le toma desarrollar la razón. A lo mejor premiará las mentes inquisitivas y libre pensantes y castigará las mentes apachurradas por el dogma religioso. O tal vez Yahvé es un niño en otra dimensión y este universo no es más que su proyecto escolar de ciencias. Todo es posible y hay que asignarle número en la ruleta de Pascal.
 
Cuando estemos seguros de considerar todas las posibilidades y tengamos lista una ruleta infinita, entonces podemos hablar de apuestas. De más está decir que mis fichas están ya ahí en la casilla verde con el número cero, como cero son sus presuposiciones, la casilla de la razón y el escepticismo. Pero si mañana mismo aparecen los Wiccans (por pensar un ejemplo) presentando evidencias contundentes e irrefutables sobre su Dios Cornudo y su Madre Diosa, con gusto repensaría mi apuesta. Lo mismo vale para cualquier otra religión.

Blaise Pascal seguirá teniendo el puesto que la historia le dio por los aportes que hizo a la ciencia cuando decidió practicar ciencia. Seguirá siendo también un ejemplo de cómo la búsqueda de la verdad debe partir con mesa limpia y sin preconceptos, de lo contrario hasta el más pintado “levanta la que no era”.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Epistemología, corazón del escepticismo.

La epistemología es aquella rama de la filosofía que trata sobre el conocimiento o saber. ¿Qué es conocimiento?, ¿cómo adquirimos ese conocimiento? y ¿cómo sabemos lo que sabemos? son las principales preguntas sobre las que la epistemología trabaja.

Vamos por la vida “sabiendo” algunas cosas y desconociendo otras. Nos gusta saber, y a veces hemos pagado cierto esfuerzo intelectual por lo que sabemos. En otras ocasiones nuestros trocitos de saber han sido de fácil adquisición, bastó sólo con prestar atención. Es bueno saber, y existe un  mínimo de saber que es requisito para empujar nuestras vidas hacia adelante.  A veces confundimos saber con creer y creer con saber, al punto que ambos conceptos se vuelven indistinguibles. Basta que una creencia nos reconforte, nos haga sentir seguros y nos ayude a afrontar profundos temores, y entonces procedemos a aupar esa creencia en el pedestal del saber; actitud no del todo injustificada, como veremos.

Nos gusta saber y nos gusta estar seguros que lo que sabemos o creemos es cierto. Pero ¿hasta qué punto podemos estar seguros de lo que sabemos? ¿somos lo suficientemente honestos con nosotros mismos para reconocer que no siempre podemos estarlo?

Y es que  cualquier percepción que tengamos sobre la realidad que nos rodea, debe pasar por los imperfectos filtros de nuestros sentidos. Poseemos ojos que perciben en una estrechísima banda del espectro electromagnético y a una corta distancia; poseemos olfato, gusto, oído y tacto que se encuentran entre los peores entre todo el reino animal; poseemos un cerebro que “llena entre los espacios” de líneas entrecortadas, encuentra caras en el pan tostado y en la superficie de Marte, e imagina entidades tras las ramas que mueve el viento. Un cerebro evolucionadísimo al que se le han quedado cortos sus órganos sensoriales, convirtiéndolo en prisionero de autoengaños y espejismos; un cerebro al que se le haría extremadamente difícil distinguir entre la realidad y un mundo virtual de sensaciones proporcionado por una "matrix" (sí, la de la película).

Dioses del Olimpo. La realidad irrefutable para la mayoría de griegos antiguos
No podemos estar seguros de mucho. Que la tierra es plana debe haber sido un hecho muy convincente para alguien viviendo hace varios siglos alejado del mar; la observación con sus sentidos apuntaba a esa conclusión. Los preconceptos culturales son igualmente poderosos en la aceptación de verdades, tal sería el caso de un griego en la antigüedad, convencido que su vida es manejada por un grupo de dioses desde el Monte Olimpo. Ahora sabemos que se equivocaban. ¿En cuántas cosas nos estaremos equivocando en la actualidad? Y de nuevo: ¿cómo podemos estar seguros?

Responder esas preguntas requiere entender el grado de incerteza de cada pieza de conocimiento. En un extremo tenemos los teoremas y enunciados matemáticos y lógicos, para los cuales podemos elaborar pruebas. Así, la afirmación 2+2=4 es demostrable y podemos estar 100% seguros de su valor de verdad, no solo aquí y en China, sino aquí y en cualquier parte del universo. Pero la matemática y la lógica son las ramas más puras de la ciencia y por ello nos ofrecen esos altísimos niveles de certidumbre; para todo el resto del saber existe siempre algún nivel de incerteza. Es así como es percibido en la ciencia el conocimiento. Desde la gravitación, hasta la mecánica cuántica, no podemos hablar más de “pruebas” sino de EVIDENCIAS que vayan más allá de la duda razonable. Nunca hemos visto una foto de nuestro planeta en su posición con respecto al resto de la galaxia, pero tenemos fuertes evidencias y datos para figurárnoslo. Nadie estuvo presente para contemplar el Big Bang, pero los datos que del universo podemos obtener, evidencian su ocurrencia y edad (13.7 mil millones de años). ¿Hay prueba? NO. ¿Hay evidencias? SI.

Pero la ciencia está en paz con la epistemología. Quien entiende la ciencia sabe que en ella se trabaja con esas incertezas, desechando las hipótesis que no son respaldadas por la evidencia y aceptando aquellas que sobreviven a las tormentas inquisitivas del método científico.

Evidencias para la corte
Fuera de la ciencia también existen batallas que se libran para dilucidar la verdad. En las cortes penales, cuando los casos comienzan con una inicial contraposición de la palabra del acusador contra la palabra del acusado, entra en pleno juego la exposición de evidencias y contra evidencias para dirimir los casos. Ante un asesinato, no basta con agarrar al primero que va pasando por la calle y acusarlo; es necesario demostrar su culpabilidad con evidencias que vayan más allá de la duda razonable. Encontrar sus huellas dactilares en el arma y las marcas de balística que asocien esta última con el proyectil alojado en el cuerpo de la víctima, serían buenas evidencias para comenzar. Pero aún en el caso en que sean encontradas evidencias adicionales a éstas y que el mismo acusado confiese haber cometido el crimen ¿podemos tener el 100% de certeza que así ocurrió? … Eh… francamente no! El acusado podría ser víctima de una perfecta conspiración o podría padecer de un nivel de demencia que le haga creer haber cometido el crimen. Es un escenario muy poco probable, pero no es imposible.

El nivel de evidencia exigible ante las aseveraciones que escuchamos depende de la plausibilidad de las mismas. Si un compañero en el trabajo me dice que en su casa tiene un gato angora, no veo razones por las cuales no creerle ni porqué exigir evidencias de ello; tengo suficiente previa evidencia de que los gatos angora existen y que los dueños de gatos angora también, y no sería extraordinario que mi amigo sea uno de ellos. Pero si en otra ocasión a mi amigo le cuento que lo que yo tengo es un dragón invisible en mi garaje, entonces aquél tiene razón de sobra para no creerme y exigirme evidencias para cambiar de parecer. “Aseveraciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias” popularizó Carl Sagan con mucha razón.

Con todo y lo sencillo que es comprender estos conceptos, históricamente hemos presenciado cómo los seres humanos transitan sus vidas acarreando creencias que no tienen ningún soporte en la evidencia. Que la Tierra era cargada por una gigantesca tortuga y era el centro del universo; que los dioses del Olimpo; que la serpiente emplumada; que el poderoso martillo de Thor; que las 72 vírgenes en el paraíso para los mártires de la guerra santa; que los chakras; que el chi; que la reencarnación; que Adán y Eva; que el arca de Noé; que el fin del mundo venía el 21 de mayo de este año; que un dios omnipotente y antropomórfico crea todo un universo y unas criaturas con el sólo propósito que estas últimas concursen en un reality show para ganar el derecho de alabarle por siempre y evitar la tortura eterna; que el modo idóneo que ese dios encuentra para comunicarse con sus criaturas es dictarle un libro sagrado e inerrante a los patriarcas de una tribu del desierto en plena edad de bronce; que un día nos levantaremos y presenciaremos un ejército de ángeles descendiendo para que pasemos a ser juzgados. Todos ellos son clamores insoportados por la evidencia y la razón. Y sin embargo, contrario a lo que sucede con las hipótesis científicas, sus seguidores han afirmado siempre tener el 100% de certeza en tales creencias.

Mucho se ha escrito sobre las razones por las que la gente sostiene creencias infundadas. Yo me quedo con lo que denomino “borrachera cognitiva”. Parecemos pensar “mi creencia me hace sentir especial, me da una sensación de certeza, le da sentido y  propósito a mi vida, le confiere autoridad moral a mis opiniones y en últimas consecuencias me hace feliz. A este punto, que mi creencia carezca de asideros de evidencia es completamente irrelevante, lo que importa es que soy feliz con ella”.

"La píldora roja te hará abrir los ojos, la azul te hará seguir durmiendo"
Y es del todo comprensible. La felicidad es una joya preciada, algo por lo que vale la pena luchar y hasta hacer trampa ¿no? Aparentemente no hay nada atractivo en la sobriedad del escepticismo y su insistencia en la dura y objetiva realidad, comparada con los sentimientos embriagantes de las experiencias religiosas  y espirituales ¿no es así?

Por supuesto que se puede ser feliz como resultado de un engaño. Cuando era adolescente me hacía feliz el pensar que en cualquier momento Oxalc1 establecería contacto telepático conmigo desde Ganímedes y ahí comenzaría mi misión redentora de la humanidad. Pero ¿había algún trazo de realidad en esa expectativa o era simple borrachera cognitiva?  Más tarde en mis veintes, me habría hecho muy feliz creer y estar convencido que Angelina Jolie estaba enamorada de mí, y elevar esa creencia al pedestal de la fe, porque al cabo lo que importa es ser feliz ¿no? [esposa mía, si estás leyendo esto te aseguro que esa ilusión ya no me parece atractiva en la actualidad y que eres uno de esos extraños casos en que la realidad supera la fantasía - te lo aseguro (gulp)]. Pero de nuevo ¿qué de cierto hay en esa fantasía embriagante?

Lo irónico del caso es que muchos reirían ahora conmigo sobre lo de Oxalc y Angelina, pero serían incapaces de someter sus propias fantasías ideológicas y religiosas a un honesto escrutinio factual.

Paro algunos, sin embargo, llega a un momento en la vida en el que se descubre el valor de la verdad como una joya más preciada y profunda que los retazos de felicidad circunstanciales y siempre finitos. Procedemos entonces a elevar los estándares para la información que pasará por nuestros sentidos. La fe deja de ser virtud y se desnuda como vicio. Los testimonios anecdóticos de primera y segunda mano comienzan a perder valor pues reconocemos que el ser humano es excelente para engañarse a sí mismo y mejor para engañar a los demás. Entendemos entonces que la posición por default ante una aseveración extraordinaria es el escepticismo, hasta que la parte proponente ponga sobre la mesa las evidencias irrefutables de sus clamores.

Cuando aplicas entonces escepticismo y racionalidad en todas las facetas de la cognición humana, aparece una recompensa inesperada, descubres que hay grandeza en esta visión sobria del cosmos. Paladeas la honestidad intelectual en su máxima expresión: la honestidad ejercida ante ti mismo. Descubres entonces que nada, ni siquiera las más reconfortantes y reasegurantes fantasías, saben mejor que la integridad de tu intelecto.

Tengo un amigo teólogo, muy liberal y versado, con el que en todo estamos de acuerdo, excepto en religión. En una discusión me argumentó que para él la exigencia de evidencias es una restricción injustificada, que deberíamos liberarnos de la "tiranía de la evidencia" y aceptar otro tipo de criterio en la búsqueda de la verdad. 

- Como qué?- pregunté yo.
Una encogida de hombros obtuve por respuesta.
- Como qué? - yo de nuevo.
- No lo sé! - contestó él.

Y de no ser por una interrupción externa, creo que habríamos nombrado el concepto que mi amigo propondría. Me aventuro a pensar que sería algo como "corazonada", "intuición", "sexto sentido", "inspiración", etc.

En tal caso, puedes tu imaginar una corte condenando al acusado porque el jurado tuvo la corazonada de que esa era la realidad? O una aerolínea confiando la manutención de sus aviones al mecánico de la esquina porque el "sexto sentido" de alguien así se lo indica?

Por algo el ser humano se vuelve increíblemente frío y racional en esos casos en que se juega la vida (o hasta el dinero), aunque pueda permitirse embriaguez en los campos más intangibles. Pero, si puedo ser sobrio en algo, porqué no serlo en todo?

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1: Oxalc fue el extraterrestre más popular y memorizado por los seguidores de Sixto Paz Wells en los años setentas, debido tal vez a haber sido el primero en comunicarse telepáticamente con éste desde Ganímedes, o tal vez por ser uno de los más marchosos, o tal vez por tener un nombre difícil de olvidar. Por cierto nunca hubo evidencias de Oxalc, pero sí las hubo de la tremenda inhospitalidad de las lunas de Júpiter.

miércoles, 6 de julio de 2011

Lógica Argumentativa. Cómo desnudar las falacias de tu oponente o aceptar con gracia sus razones

Introdujimos en el anterior post el concepto de silogismo como unidad de razonamiento lógico. En el teatro de acciones de un debate se suele usar silogismos como munición, pero en ese caso reciben el nombre de Argumentos, y estos pueden ser buenos o malos argumentos, válidos o inválidos, sólidos o endebles.

Igual que en un silogismo, un argumento parte de dos premisas que se presumen ciertas y aceptadas  por las partes debatientes. Sobre ellas es aplicado un Principio Lógico de Equivalencia que conduce a una conclusión. Así:

Premisa 1: A=B;     Premisa 2: B=C;     Conclusión: A=C

Sustituyendo esos algebraicos símbolos por conceptos cotidianos, un particular argumento podría ser:

Premisa 1:           Todos los seres humanos son mortales;
Premisa 2:           Todos los griegos son seres humanos;
Conclusión:         Todos los griegos son mortales.

No existe mente racional que pueda contrargumentar lo anterior con alguna posibilidad de éxito.

Escudriñemos un poco más la anatomía de los argumentos lógicos proponiendo la siguiente analogía: 

Un argumento es como una maquinita que toma dos premisas y las convierte en una conclusión. Esa maquinita es el principio lógico de equivalencia, el cual puede funcionar bien o puede estar averiado. 


Principio Lógico de Equivalencia de nuestro ejemplo en forma gráfica
En el caso de nuestro ejemplo, el principio lógico de equivalencia aplicado es el que se deriva de la condición de categorías anidadas: “griegos” como subconjunto de  “seres humanos”, la que a su vez es un subconjunto de “mortales”.

El buen o mal estado de la maquinita es independiente de las premisas que la alimentan, las cuales pueden ser ciertas o falsas.

Cuando la máquina está en buen estado, es decir cuando nuestro principio lógico de equivalencia es correcto, decimos que el argumento es Válido.

Pero una máquina válida puede producir una conclusión falsa si las premisas también lo son, y podemos estar seguros que producirá una conclusión cierta si la alimentamos con premisas ciertas. En ese último caso lo que tenemos es un Argumento Sólido y el ejemplo anterior que concluye a los griegos como mortales lo es.

¿Qué pasa si tenemos un principio de equivalencia lógica válido (máquina en buen estado) pero la alimentamos con premisas falsas? Bueno, pasa lo siguiente:

Premisa 1:           Todos los seres humanos son árboles (premisa falsa);
Premisa 2:           Todos los gatos son seres humanos (premisa falsa);
Conclusión:          Todos los gatos son árboles (conclusión falsa).

Es un argumento que parte de premisas falsas (basta que sólo una de ellas lo sea) y llega a una conclusión falsa. Sin embargo su principio lógico de equivalencia es válido (es exactamente el mismo que en el primer ejemplo).

¿Qué pasa ahora si tenemos premisas ciertas pero un principio de equivalencia lógica inválido (máquina defectuosa)? Pasa lo siguiente:

Premisa 1:           Todos los seres humanos son mortales (premisa aceptada a priori como cierta);
Premisa 2:           Todos los griegos son seres humanos (premisa también aceptada a priori como cierta);
Conclusión:         Algunos griegos son inmortales (conclusión falsa).

No es evidente cuál es el defecto de la maquinita en este simplificado ejemplo, pero podemos asegurar que existe un defecto en ella. Es un argumento inválido.

Sabemos que los debates inician porque una de las partes propone una idea que es refutada por la otra. Entonces, la parte proponente elabora un argumento lógico partiendo de dos premisas que son aceptadas por la parte refutante, y presenta su principio lógico de equivalencia (maquinita) para soportar su conclusión. Es importante que haya acuerdo en las premisas, en caso contrario hay que ir un paso atrás y elaborar un argumento que convierta dicha premisa en conclusión aceptada.

Una vez que un argumento ha sido desplegado sobre la mesa del debate, y suponiendo se tuvo el cuidado de asegurar acuerdo en las premisas, el único elemento criticable es el principio lógico de equivalencia (o maquinita). Si ésta no tiene defecto y funciona bien aún cuando la alimentemos con otro par de premisas ciertas, el argumento es sólido y no queda más salida que aceptar la derrota. Pero si la máquina es defectuosa, el debatiente entrenado debe ser capaz de abrir el capot y señalar los engranajes, fajas, ejes o inyectores defectuosos.

Esas piezas defectuosas han sido etiquetadas como Falacias Lógicas y agrupadas para su fácil memorización y reconocimiento.

El pronto olfateo e identificación de Falacias Lógicas en los argumentos adversarios constituye un arma defensiva terrible e invulnerable. Por otra parte, el sometimiento de nuestros propios argumentos a una limpieza de falacias, se convierte en un arma ofensiva implacable, ya sea que nuestro debate sea contra otra persona o contra nuestros mismos sesgos y subjetivismos. El resultado debe ser en todo caso la aproximación a la verdad.

En el próximo post enumeramos las falacias lógicas más comunes (esta vez de a de veras).

miércoles, 29 de junio de 2011

Lógica. La única palestra de la razón, la única cancha para el debate.

Batalla de Waterloo (William Sadler)
“Por un clavo se perdió una herradura,
por una herradura se perdió un caballo,
por un caballo se perdió un jinete,
por un jinete se perdió un mensaje,
por un mensaje se perdió un batalla,
por una batalla se perdió un reino.
Y todo esto sucedió porque un clavo se perdió.”

De las páginas de un encantado libro, rescatada de profundas sinápsis neuronales en la memoria de largo plazo, y reconfirmada con un golpe de Google, la anterior y simpática composición sirve bien a mis propósitos.

Y ese propósito en esta ocasión es el de poner sobre la mesa una herramienta que todo animal racional posee y utiliza conscientemente o no, en forma correcta o falaz. La LOGICA.

Seguramente había mucho de proceso lógico en el pensamiento de los homínidos que vagaban por la sabana africana hace un millón de años persiguiendo su alimento y evitando depredadores. Seguramente hubo también mucha lógica argumentativa circulando entre aquellos homínidos, cuando trataban de convencer a otros sobre ideas específicas. Seguramente hubo siempre quienes trataron de sistematizar el razonamiento lógico para poder discernir entre los argumentos válidos y los que no lo eran.

Platón y Aristóteles en la Escuela Ateniense de éste último (Rafael Sanzio)
Pero el primero que le imprimió formalización al razonamiento lógico, y trascendió hasta nuestros tiempos fue el griego Aristóteles, quien separa las argumentaciones verbales en su específico lenguaje (el Griego) y lo convierte en un lenguaje de aplicación universal. Así la frase “parece que va a llover, el cielo se está nublando”, que debe haber sido usada muchos milenios antes de Pedro Infante, puede en la formalización aristotélica, ser expresada como: “que el cielo se está nublando, es un hecho al que llamamos A; que cuando se nubla el cielo es muy probable que llueva, es una premisa a la que llamamos B; entonces podemos inferir una alta probabilidad de lluvia a la que llamamos C”, en otras palabras A + B --> C .

Aparece entonces la noción de Silogismo o apelación lógica con el cual una conclusión puede ser derivada de la interacción de dos premisas.

Así:         Primera premisa:             “todos los perros son cánidos”
               Segunda premisa:            “todos los dálmatas son perros”
               Conclusión:                     “todos los dálmatas son cánidos”

Es un silogismo típico.

Su valor de verdad depende del valor de verdad de sus premisas; su validez lógica depende de la correcta inferencia de su conclusión.

Los silogismos pueden encadenarse como se ha hecho en el poema que encabeza este post. La conclusión de uno sirve como premisa del siguiente, de modo que confirmada la verdad de las premisas y aplicando correctas inferencias, podemos en efecto concluir que por un clavo se perdió un reino.

Es posible someter a escrutinio cualquiera de las etapas de nuestro poema. Que por un mensaje se perdió una batalla es una sana conclusión si demostramos la veracidad de que ese mensaje contenía información necesaria y suficiente para no perder la batalla, que los oficiales de campo eran capaces de convertir la información del mensaje en victoria, y que la batalla no se hubiera perdido de todos modos  aún con el mensaje. Y aplicando entonces sobre la formalidad aristoteliana el rigor del empiricismo, podemos analizar toda la cadena y determinar si su atrevida conclusión es sana y válida. De más está recordar que una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones y que si encontramos, por ejemplo, que el caballo pudo ser utilizado efectivamente aún faltándole una herradura, entonces la conclusión se cae como un castillo de naipes.

     Traigo todo esto a cuenta porque a diario encontramos intentos de racionalización de parte de los creyentes de todo tipo. Por ejemplos: 
            
     - "Hey, yo y otros cientos de testigos vimos un objeto moverse en el aire, era de color metálico y se movía de un modo que no lo puede hacer ninguna aeronave construida por el ser humano. Conclusión: estamos siendo visitados por seres de otro mundo que nos traen un mensaje de paz y espiritualidad para que nos salvemos de un desastre inminente."

     - "Hey, esta madrugada me despertó un ruido y al abrir los ojos, me pareció ver en la oscuridad una sombra que atravesó la pared; no existe ninguna explicación natural para lo que presencié. Conclusión: el espíritu de mi abuelo ha venido del más allá para comunicarme un mensaje."

Conocido fenómeno natural causado por la refracción de la luz
    - "Hey, esta tarde me asomé a la ventana y vi lo preciosas que se han puesto las flores de mi jardín, además había en el firmamento un arcoíris de intensos colores; eso me hizo sentir bien y no encuentro ninguna explicación para el color de las flores como el del aparecimiento del arcoíris, no sé si hay explicación científica ni me interesa. Conclusión: las flores y el arcoíris fueron creadas para mí por un ser invisible que me ama porque soy también su creación; ese ser crea universos, escucha oraciones, perdona pecados, condena a sufrimiento o a dicha eternos, elije pueblos, guerrea contra otros, tiene mis mismas preferencias políticas y deportivas, ama a quienes amo, odia a quienes odio, no tiene sentido del humor, se ofende por todo y le interesa increíblemente el comportamiento sexual de sus criaturas."

Estos sólo son unos básicos ejemplos de intentos de racionalización para justificar una “conclusión” que más bien es una idea, creencia u opinión preconcebida. Cuando nos gusta o reconforta creer en algo sin asideros en la realidad, nuestro intelecto humano trata de justificar racionalmente dicha creencia. Por fortuna ya se acumuló mucha agua después del despertar de Aristóteles, y vinieron los Frege, Kant, Bacon, Hume, Locke, Russell, Wittgenstein, etc, y podemos ya descubrir no sólo los eslabones débiles, sino también la falta de eslabones, los saltos y acrobacias de fe, y el pretender sujetar una “verdad” del tamaño de un elefante con un hilo de seda. 

Dado que los errores de lógica y argumentación se repiten una y otra vez, ha sido posible agruparlos y clasificarlos en lo que se ha dado en llamar Falacias Lógicas, tema que estaré desarrollando en el siguiente post.

viernes, 6 de mayo de 2011

TEORIA .....Vaya palabrita!

Don Relígulo Santos afirma con toda seguridad : - “El Big Bang es sólo una TEORIA. Hay otra TEORIA que dice que Dios creó todo en 6 días hace 6,000 años. ¿Porqué no le enseñamos a los niños las dos TEORIAS en clase de Ciencias?”.

Todos hemos oído alguna frase como esa en el transcurso de nuestras vidas. La hemos oído también con alusión a la TEORIA de la evolución, contrastada con la TEORIA de la creación; la TEORIA  de las placas tectónicas contra la TEORIA de la ira de Dios. Mi sarcasmo incontenible agregaría la TEORIA de la reproducción sexual contra la TEORIA de la cigüeña repartidora de bebés, la TEORIA microbiana de las enfermedades contra la TEORIA de los espíritus malignos.

¿Cuál es el principal error en todas esas frases? ¿Cuál es el concepto que falla miserablemente y lleva a algunas personas a creer que ambas propuestas son igualmente válidas?

La clave está en la palabra TEORIA, por si no se había notado.

El concepto científico de TEORIA es el de un modelo coherente y racional que explica un fenómeno natural. Es  un cuerpo robusto y acumulativo de conocimientos, leyes, teoremas, hipótesis, tratados, memorias, papers, que describen un hecho de la realidad. Así podemos hablar de la Teoría Electromagnética, la Teoría de la Gravitación Universal, la Teoría Atómica de la Materia, la Teoría de la Relatividad, etc.

Por alguna razón desconocida, en uno de esos giros extraños que el lenguaje da, la palabra TEORIA ha adquirido en la usanza coloquial un significado completamente distinto. Decimos “tengo la TEORIA de que esta tarde va a llover” queriendo decir que suponemos, creemos o tenemos la corazonada de que va a llover. Entendemos que eso es algo de lo que no estamos seguros, algo que puede o no ser cierto y por tanto no nos comprometemos excesivamente con su ocurrencia.

Eso NO ES lo que en lenguaje académico se entiende por TEORIA. Si la Teoría Electromagnética fuese sólo una suposición o corazonada que alguien tuvo, no tendríamos una Web en la cual intercambiar estas ideas. ¿Pero qué estoy diciendo? En realidad no tendríamos ni computadoras, ni electricidad, ni automóviles, ni servicio de agua … ni una vida muy distinta a la que se llevaba en el siglo XIX.

Esa palabrita también es confundida con el concepto de HIPOTESIS, que como expusimos en el post anterior no es más que parte de lo que constituye el más amplio y completo concepto de TEORIA. Tal vez el error se deba a que las hipótesis son formuladas con grandes grados de incertidumbre sobre su validez, como si se tratara de una simple suposición. Pero atención! Las hipótesis también tienen sus restricciones. No cualquier idea tentativa califica como tal. Ellas deben ser basadas en una observación objetiva. Por ejemplo la observación de que todas las galaxias se alejan de nosotros es suficientemente objetiva para dar pié a una hipótesis. También las hipótesis deben ser falsables, es decir debe haber un modo de someterlas a prueba y que, de ser falsas, sea fácil saberlo; por ejemplo el descubrir un cúmulo de galaxias que se está acercando (lo que no ha sucedido) daría al traste con la hipótesis expansiva del universo. Sólo así dicha hipótesis gana su derecho de nominarse como tal.

¿Pero qué podemos decir de la “hipótesis” de la cigüeña? Pues que ella no califica como tal porque no se basa en una observación objetiva de los hechos.

¿Y qué podemos decir de la “hipótesis” de la creación divina? Tampoco califica como hipótesis porque no es falsable. No hay modo de someterla a prueba. Es tan válida cómo la idea de que el universo fue forjado por el señor Mxyzptlk y otros 7 enanos verdes que viven en la quinta dimensión (reto a que se me indique qué prueba se puede diseñar para demostrar eso falso).

Las TEORIAS CIENTIFICAS son producto de años, décadas, siglos de observaciones, estudios y experimentos realizados por los individuos más inteligentes y dedicados de entre la especie humana. Detrás de ellas hay sudor, sangre, lágrimas y vidas consumidas en la comprensión de fenómenos que hoy nos parecen triviales. Hay ríos de tinta y toneladas de volúmenes en las bibliotecas dando soporte a las TEORIAS CIENTIFICAS. Hay en todo el mundo legiones enteras de científicos, profesores y estudiantes trabajando sobre ellas y sometiéndolas a prueba y reprueba. Bastaría un sencillo descubrimiento para desmoronar una TEORIA entera, y es por ello que las que hasta ahora subsisten se reconfirman en su validez con cada día que pasa.

Debemos disculparle a don Relígulo Santos su ignorancia y tratar de ilustrarlo gentilmente. Podemos también comprenderlo si aún después de la explicación insiste en sus ideas. Es su legítimo derecho el creer en lo que quiera y debemos luchar para que siga teniendo ese derecho. Pero también debemos luchar para que don Relígulo y la gente que piensa como él no corrompan la educación de nuestros hijos.

También es importante reconocer como legítimo y conveniente que se estudie las religiones en las escuelas, pero ello se debe circunscribir en las asignaturas de Religión o Literatura, NUNCA en clase de Ciencias.

Dicho todo lo anterior, podemos seguir expresando “tengo la teoría que lloverá esta tarde” del mismo modo que decimos “me muero de sed”, sabiendo siempre discernir entre el pincel colorido del sentido figurado y el afinado y preciso grafito del lenguaje académico.