Yo no moriría nunca por mis creencias porque puedo estar equivocado

- Bertrand Russell

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miércoles, 25 de enero de 2012

El Dilema de Eutifrón. Y el porqué la brújula moral secular apunta firme hacia el norte


Sócrates metiendo en tremendo dilema a Eutifrón
“Si no existe un sistema de juicio y compensación después de la muerte, entonces ¿qué nos detiene para empezar a robar, matar, engañar, abusar, etc?”

Esa es una pregunta, probablemente retórica, que alguien a quien conozco desde hace tiempo me lanzó uno de estos días.  Esa es una pregunta a la que conozco también desde hace mucho tiempo. A veces se formula en términos más teísticos: “Si yo me enterara que Dios no existe, entonces yo estaría todo el día matando, robando, violando y abusando a los demás”.

Y como prometida fue una respuesta on line, entusiasta es el cumplimiento ante un supuesto “conundrum” que muy frecuentemente se nos lanza a los no creyentes.

Comienzo por decir que la interrogante es una frivolidad en el mejor de los casos, y una perversión en el peor. Estamos ante uno de esos asuntos en los que existe una generalizada aceptación de un espejismo, que se mantiene allí entre nuestras percepciones, más por déficit de escrutinio que por validez.

La frase es una aceptación, es una confesión, de que se es intrínsecamente inmoral y que el único arnés que nos impide dedicarnos a esparcir sufrimiento y abuso a otros seres, es el temor a un castigo o la ambición de un premio. ¿En serio?¿de verdad eso es lo que creen?!! El ser humano sería la peor especie que jamás haya aparecido sobre la faz de planeta alguno si eso fuera cierto. Yo quisiera creer que la mayoría de personas que esgrimen o dan este argumento como válido, lo hacen porque no le han puesto mucho pensamiento al mismo. Yo no creo que mi vecino me perdone la vida cada día sólo porque le tiene miedo a un castigo. Tampoco creo que la gente que ayuda a otros seres humanos lo haga a cambio de un pase al paraíso, si bien yo me sospecho que hay más generosos obligados que criminales restringidos.

Yo no creo que mi amiga me esté diciendo la verdad. Le conozco y he presenciado el aflore genuino de su compasión ante el sufrimiento ajeno y la espontánea ternura ante niños y cachorros (por traer un ejemplo). Le he visto conmoverse ante el infortunio ajeno e indignarse ante las injusticias.

- Mira, ahí dice "no matarás" - Y nosotros creíamos que esa era una buena idea!
Pero entonces ¿por qué la gente cree que somos sólo individuos y sociedades desprovistos de capacidad de evaluación moral, y por tanto sumamente necesitados de que dicha moral nos sea dictada desde arriba por un ser o sistema superior, bajo una explícita amenaza? Pues me aventuro  a pensar que son las religiones y sus efectivos métodos de lavado temprano de cerebro, las que así nos han enseñado a creer. La religión y su vieja estrategia: hacerte creer que eres un ser naturalmente malévolo, destinado al castigo eterno, pero que ellos y sólo ellos te pueden curar y salvar, a cambio de una módica cuota pecuniaria (que es lo de menos) y de una completa sumisión e hipoteca de tu intelecto (que es lo de más).

Además de que ser criminal no está en la naturaleza de la mayoría de seres humanos y es más bien una desviación patológica, existen poderosas razones completamente pragmáticas y seculares por las que los seres humanos preferimos la solidaridad y cooperación sobre la agresión y el conflicto. Nadie querrá vivir en una sociedad donde cada quién puede matar o robar impunemente, porque la oportunidad de ser víctima llegará más rápido que la de ser victimario. El resultado lógico y matemático de un sistema así es un solo superasesino sobreviviente, el cual morirá también devorado por una bestia, atacado por una enfermedad o con una pierna rota sin que haya nadie que le ayude en su desgracia.

Las sociedades primitivas deben haber tenido bien claro que con la cooperación, solidaridad y confianza mutua, todos ganaban. Si existió algún clan o tribu que por alguna razón cayó en una vorágine de violencia autodestructiva, ese grupo de personas desapareció sin dejar descendencia, por las razones apuntadas. Las tribus que sobrevivieron y transmitieron su genética, fueron precisamente aquellas que desarrollaron la cooperación necesaria para cazar animales físicamente superiores, para construir edificaciones, para cultivar la tierra. Sobrevivieron sólo aquellas sociedades que entendieron el valor de los ancianos como transmisores del conocimiento acumulado, y de los niños como la única oportunidad para dar continuidad al “cosmos” de cada tribu. Los clanes deben haber entendido el gran negocio existente en la cooperación.

Y resulta hasta incorrecto pensar que este proceso de incorporación de la cooperación como valor social es un fenómeno desarrollado por el homo sapiens. Basta mirar las especies gregarias, particularmente las más cercanas al linaje humano. Bonobos y chimpancés viven en sociedades altamente organizadas alrededor de la ayuda mutua, los primeros más dedicados al placer y los segundos un tanto más conflictivos, pero aún así con una dinámica social que en general favorece la subsistencia de la “tribu”, sin necesidad que una entidad superior les escriba en piedra la prohibición de matarse entre sí.

Seguramente hemos llegado al presente como especie, gracias a que fuimos desarrollando atributos que resultaron ser ventajosos para prosperar sobre la faz de la Tierra. Así como el bipedalismo libró nuestras manos y desarrolló nuestra inteligencia, el saber cooperar con nuestros semejantes fue también un elemento clave del éxito. Aquí es importante señalar un interesante detalle: ese tipo de cooperación y sentimientos de amor, lealtad y pertenencia siempre fueron un movimiento hacia dentro de cada grupo. Las tribus externas no fueron objetos de ese “amor al prójimo”. El exterminio y sometimiento de grupos externos siempre fue una característica del proceder tribal más primitivo y lo continuó siendo durante toda la historia mientras las tribus se convertían en ciudades estado, regiones y ahora han llegado a ser países. Puedes sentir ese tribalismo moderno cuando se te exige una visa para poner los pies en un territorio que no es el de la “tribu” en que naciste.

Al nacer la cultura en medio de las sociedades humanas, apareció también la estructura del poder y con ella la estructura religiosa como elementos cohesivos y coercitivos sociales. En un paso completamente justificado y hasta necesario hacia la civilización, las naturales tendencias hacia la cooperación y solidaridad entre seres que se necesitan, fueron transformadas en reglas, leyes, mandatos y mandamientos divinos, por el poder político y el poder religioso, usualmente bajo la amenaza de severos castigos. La reglamentación es justificada y necesaria debido a que siempre nacerán psicópatas y desviados a los que toda sociedad necesitará controlar.

Pero el tribalismo también encontró el modo de traducirse en mandatos de lealtad y compromiso de sacrificio hacia el rey, para protegerse de las tribus vecinas y también para atacar a esas tribus vecinas. El derecho civil y divino de cometer genocidio contra otros, despojarles de sus pertenencias y someterles a esclavitud fue ampliamente cohonestado por la ley y la religión – léase la Ilíada como ejemplo griego, o el Exodo, Números, Deuteronomio, Josué, como ejemplo hebreo. De pronto tenemos dioses que a la par de prohibir matar y robar, también ordenan el genocidio y saqueo de ciudades como Jericó, donde los bendecidos guerreros son enviados a no perdonar la vida tan siquiera de bebés y a tomar a las niñas como esclavas de por vida (lo que incluye violación permanente). 

Creemos que nos comportamos bien porque así se nos ha ordenado desde “arriba”. Creemos que de ese “arriba” sólo puede venir lo moralmente correcto, sin percatarnos que de esa misma fuente (que no es ningún “arriba” sino la colección de mitos de sociedades patriarcales del pasado) provienen los mandatos más inmorales que se hayan puesto por escrito. No nos damos cuenta que cuando reconocemos los lunares feos en los libros sagrados, hacemos excusas por ellos (“es que esos eran otros tiempos!”) y corremos a señalar las partes verdaderamente piadosas, lo que estamos haciendo es aplicar nuestra moralidad, obtenida en cualquier otro lugar, sobre el texto sagrado mismo.

¿Dónde está en realidad la base de nuestra moralidad?

Esa es una pregunta que ni por cerca me estoy inventando en este momento. Ya en el diálogo de Platón, titulado  “Eutifrón”, Sócrates le pregunta al personaje con ese nombre: “¿es el pío amado por los dioses porque es pío; o es pío porque es amado por los dioses?”. En otras palabras: “¿lo que es moralmente bueno es mandado por los dioses porque es moralmente bueno; o es moralmente bueno porque es mandado por los dioses?”. En otras palabras aún más sencillas: “¿es Dios un simple administrador de la moral, que proviene de una instancia por encima e independientemente de él; o es un dictador de la moral con la facultad de inventársela a capricho?”.

(Un esbozo del diálogo de Sócrates con Eutifrón puede ser leído aquí.)

Cuando pensamos que estamos desprovistos de brújula moral, y por tanto ésta debe dictársenos desde arriba, estamos ni más ni menos ante el Dilema de Eutifrón con todo y su real dicotomía. En la primera vertiente del dilema Dios ordena “no matar” y “no robar” porque esos son principios morales que se encuentran sobre sí mismo y son independientes de su propia conciencia o existencia, de modo que Dios elige ser moralmente correcto ordenando cosas moralmente correctas, o puede elegir ser inmoral. En la segundad vertiente, cualquier cosa que ordene Dios debe ser moral porqué él así lo ordena arbitrariamente. Dios pudo elegir ordenar “mataos y robaos los unos a los otros”, y eso sería completamente moral por definición; cualquiera que mostrase compasión sería una persona inmoral. 

El pastor de la iglesia de mi esposa se colgó de este segundo cuerno del dilema de Eutifrón, cuando una noche de estudio bíblico le lancé a quemarropa lo siguiente: “Imagina que eres un polaco no judío en plena segunda guerra mundial. En el sótano de la casa vecina se esconde una familia judía y tú lo sabes. Una tarde tocan a tu puerta, abres y es la Schutztaffel (SS) con un escuadrón de sturmtruppen, preguntándote si conoces de algún judío que pueda estar escondiéndose en las inmediaciones. ¿decidirías mentir para proteger la vida de los desafortunados judíos, o preferirías faltar al octavo mandamiento de “no mentirás”?”

¿Qué creen ustedes que el pastor me respondió? (se aceptan apuestas).

El flamante pastor que semana a semana se para delante de su rebaño a dar lecciones de moral le respondería al comandante nazi: “señor, en el sótano de esa casa de enfrente se esconde una familia judía ”, porque eso es lo que manda Dios y eso es lo que le agradaría que hicieramos. Menos mal que algunos cuantos miles de vidas fueron salvadas en esa y otras guerras, gracias a que hubo gente con una brújula moral muy superior a la del pastor que le da lecciones a mis hijos. A eso yo le llamo la Teología de la Idiotización, y la dejo como carnosa comida para un futuro post.

Yo por supuesto que me cuelgo del primer cuerno del Dilema de Eutifrón. Existe una moralidad objetiva, existen principios universales de lo que es correcto, independiente de la existencia de dioses o no. Y tengo que clarificar que en ningún momento estoy hablando de conceptos tan culturales y relativos como la “moralidad” sexual, puesto que es absurdo elevar a la categoría de moralidad lo que pertenece al campo de la biología y la psicología. Hablo de la moralidad que tiene que ver con no causar sufrimiento innecesario a otros seres, con respetarles el derecho a la vida, el derecho al producto de sus esfuerzos, el derecho a la libertad, a no ser abusado. Esos son conceptos de moralidad universal, que no están sujetos a interpretaciones culturales. Matar y robar debe también ser inmoral en una galaxia a 13 mil millones de años luz, puedes apostarlo.

Por tanto, no querida amiga, tu no saldrías a la calle a matar y a robar el día que sepas que no hay “premios y castigos”, que no hay celestiales tribunales impartidores de justicia. Este servidor y cientos de millones de no creyentes en el mundo estamos casi ausentes de las estadísticas de criminalidad. Cuando percibes esta vida como la única franja de conciencia que el universo te otorga, ella se vuelve demasiado valiosa como para gastarla en conflictos y odio; más vale entonces hacer de esta joya (la vida) lo más agradable posible, para ti y los demás.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

La Apuesta de Pascal. O cómo jugar una ruleta de dos casillas.

 
Blaise Pascal. Gran matemático y filósofo del siglo XVII
Habrá sido hace unos 10 años. Ella era mi novia; o tal vez no. Quizás nunca lo fue. Fue una de esas extrañas relaciones en las que nunca sabes si estás parado más aquí o más allá de esa sutil línea que es el derecho de agarrar mano y compartir aliento. Todo inició con miradas furtivas en el elevador de la gran empresa donde trabajábamos. Me coqueteó tras sus pestañas; le respondí con mi mejor sonrisa tras mi corbata y mi soltería. Un par de salidas al café y otro par al cine, y las conversaciones se fueron abriendo paso entre los velos externos de cada personalidad. Luego de mil temas conversados:

-    ¿Católico o Evangélico? – Preguntó ella, en un país dividido 65%-35% sobre esa dicotomía.

-        Ni uno ni otro – Respondí yo.

-        Pero … creés en Dios ¿no? – Ella de nuevo buscando el punto en común, en un país donde esa pregunta raramente recibe como respuesta un “no”.

-         Pues … francamente … NO! – Decidí responder con sinceridad en el tiempo que esos puntos suspensivos duraron. Pensé que era mejor que ella supiera desde un inicio todo sobre mis convicciones o falta de ellas, en un país donde de todos modos la posición religiosa de las personas es algo bastante secundario.

-         ¡No te creo! – Se mostró sorprendida pero sonriente, tal vez imaginando que había encontrado una nueva mina de conversaciones y la posibilidad de conducirme con éxito por un Camino de Damasco  lleno de romance.

Y comenzó a darme un par de razones, de fácil contrargumentación, por las que yo debería cambiar de parecer. Pero, tal como dije, el asunto es bastante secundario en ese país y pronto llegaron nuevas olas de charla sobre temas más ligeros.

Días después, cuando la relación languidecía por razones completamente ajenas a la afiliación religiosa, recibí un curioso e-mail de entre los muchos que ella me enviaba. Era una presentación de Power Point, de esas que no sabes quien hace y se distribuyen viralmente por el correo electrónico (en esos tiempos pre-facebook). La presentación en sí desarrollaba un argumento apologético creado por un personaje a quien yo conocía por ser uno de los más grandes matemáticos de la historia. Un genio de la Teoría Probabilística, de la Matemática, de la Hidrodinámica e Hidrostática y en honor a quien se nombró a las unidades de presión en el Sistema Internacional y a uno de los mejores lenguajes de programación que haya existido. Hablo del gran Blaise Pascal, a quien le conocí sus fórmulas durante mis estudios de ingeniería, pero a quien no concebía como apologista.

Como ya tenía experiencia recibiendo ese tipo de correo en los que falsamente colocan en labios de hasta el mismísimo Albert Einstein, frases que lo hacen parecer como un creyente (y no lo era), con la intención de subirse a lomos de su prestigio intelectual, me lancé a la búsqueda on-line sobre Pascal y sus trabajos extracientíficos. Y encontré que esta apología sí era auténtica.

El argumento en cuestión, que es universalmente conocido (después averigüé) como La Apuesta de Pascal, me sorprendió por ser el primero (que yo encontraba) que usara estricto razonamiento probabilístico-matemático a favor de la creencia en Dios. Así es. No era otra de las trilladas y difusas  apelaciones a la emoción que sólo funcionan con los que ya creen, como “sentirlo en tu corazón” o “porque él es amor”. Tampoco era un pirueta de lógica como “mira las flores y los pajaritos … por tanto: Dios”. Esta vez el argumento no era una flecha al corazón, sino al cerebro.

La Apuesta de Pascal dice que te conviene creer en Dios, aún cuando la probabilidad de su existencia sea muy baja, porque la penalidad por no creer, es decir ir al infierno a ser torturado para siempre, es tan indeseable que es mejor apostarle a creer.

En boca del mismo Pascal: Si Dios no existe, entonces no ganas ni pierdes nada con ser creyente. En tal caso, sea que creas o no, tú solo mueres y ese es tu fin. Pero si escoges creer en Dios y estás en lo correcto, entonces el premio es infinito: Dicha eterna en el Cielo!. Ahora bien, si escogiste no creer y estás equivocado, entonces sufrirás tormento infinito en el infierno.

En resumen:
 
TABLA DE RESULTADOS
CREES EN DIOS
NO CREES EN DIOS
DIOS EN REALIDAD NO EXISTE
0 (no pasa nada)
0 (no pasa nada)
DIOS EN REALIDAD SI EXISTE
Positivo Infinito (Cielo)
Negativo Infinito (Infierno)

Según Pascal, puesto que las probabilidades de existencia de Dios son desconocidas, pero el esquema de premio/castigo es infinitamente a favor de creer en Dios, te conviene apostarle a creer, si bien sólo por si acaso. Esa sería la apuesta más segura y racional.

El correo detuvo en seco mi frenética y última revisión de correspondencia antes de ir a casa. En una primera andanada de pensamiento el argumento me sonó convincente. Pero había algo en lo que no cuadraba. Hoy me asombro de no haber podido detectar la falacia de la Apuesta de Pascal con la velocidad que me hubiese gustado alardear.

Bajé los cinco pisos que me separaban del nivel del suelo, caminé los 200 metros que me separaban de mi vehículo y recorrí los 12 km en tráfico pesado hasta mi casa, con la Apuesta de Pascal rebotándome de lado a lado en las paredes del cerebro. Antes de apagar el motor, lo tenía. Encontré la renquera del argumento … y sonreí.

Años después, ahora viviendo en mi nuevo país, donde la gente le otorga mucha importancia a la posición personal e íntima que cada quien tenga con respecto a las religiones (tanto que uno de los dos partidos políticos está completamente dominado por teócratas), me he encontrado con que la Apuesta de Pascal es un argumento bastante estándar esgrimido por los creyentes en sus discusiones con los no creyentes. Ello a pesar que ya Voltaire y Diderot se contaron entre los primeros en echar vinagre en los Corn Flakes de Pascal, con una crítica mordaz poco después de la publicación de la apuesta. Pero quién sabe porqué, el argumento es tan recurrente en las discusiones, sea conscientemente con su nombre y apellido, o inconscientemente, como cuando se le pregunta a un no-creyente: "¿qué te espera si estás equivocado?", que me veo compelido a apuntar a las flaquezas de la Apuesta de Pascal (Pascal´s Wager) en los siguientes párrafos.

La Apuesta de Pascal sufre de cuatro flaquezas. Tres menores y otra ciclópeamente mayor.

Primera Flaqueza Menor:

La Apuesta de Pascal es un acto de cinismo. Está forzando una creencia sólo porque le conviene en términos de resultados y no porque tenga una convicción o encuentre virtud en ello. Es por demás obvio que cuando Pascal habla de Dios, se está refiriendo a Yahvé, el Dios de la Biblia, quien posee el poder de leer mentes e intenciones (Lucas 16:15) y que es terriblemente celoso e intolerante (leer cualquier parte del Pentateuco). Dios sabrá entonces que lo que está haciendo Pascal (o cualquier seguidor) es una pura apuesta y no hay sinceridad en ello. Por tanto le toca infierno también a Blaise.


Segunda Flaqueza Menor:

El costo de creer es cero sólo en el caso que se posee la creencia a un nivel epistémico. Pero es  muy probable que la creencia te conduzca por un camino religioso sectario y fundamentalista. En tal caso, diezmos, mojigatería, aversión a la ciencia, odio a quienes tienen distinta orientación sexual, tribalismo, xenofobia, pisoteo de los derechos que otros tienen a pensar distinto, guerras de conquista y evangelización, destrucción de otras culturas, negación de adecuada educación y tratamiento médico a la propia familia, abuso psicológico de niños, misoginia, represión sexual, son sólo algunas muestras de los costos que a alguien (y a la sociedad) le puede ocasionar una creencia religiosa. Alguien podría también contrapesar en los beneficios que puede producir una afiliación religiosa, como sentido de pertenencia, realización, propósito, filantropía, etc. Pero todos ellos son beneficios no exclusivos de las religiones y que pueden ser, y son también alcanzados a través de afiliaciones completamente seculares.

Tercera Flaqueza Menor:

¿De dónde saca Pascal que el creer en algo (lo que sea) es una acción que depende de la voluntad? Digo, tú no decides si vas a creer en la existencia del Sr. Mxyzptlk en la quinta dimensión, o en que un enano irlandés tiene escondido un tesoro ahí donde nace el arco iris, o en el ratón Perez que le regala dinero a los niños a cambio de sus dientes. Crees algo o no lo crees, así de simple. Dependiendo de qué tan alta coloques la barra del escepticismo y los niveles de evidencia que te satisfagan. ¿O me equivoco?


Y para finalizar, el plato fuerte. (Fanfarrias y redobles de fondo)

Gran Flaqueza Mayor:

La Apuesta de Pascal es el arquetipo de la falacia lógica conocida como Falsa Dicotomía. En ella se asume falazmente que sólo existen dos posibilidades. O Chana o Juana, como decían en mi pueblo. O crees en Yahvé - el Dios de la Biblia - o no crees en él y sobre eso haces una apuesta.

El argumento de Pascal es un intento de introducir racionalidad a una creencia religiosa específica, y es allí donde comienza y termina su legitimidad. Si vamos a extender sobre la mesa razones matemáticas y probabilísticas en una apología, debemos ser consistentes en el rigor de raciocinio de la misma. El mundo no está dividido en sólo dos facciones en cuanto a fe se refiere. Pascal está siendo presa de lo que se conoce como etnocentrismo cultural, pues considera que sólo debe tomar en cuenta las creencias predominantes en la cultura en que nació y creció, despreciando totalmente todo lo que está en el rico mosaico externo.

Qué pasa si al final de cuentas son los musulmanes los que tienen la verdad? Aláh no estará para nada contento ni con Pascal, ni conmigo, ni con ningún cristiano; todos los infieles estaremos en el infierno mientras Osama Bin Laden goza de sus 72 vírgenes en el lujurioso paraíso islámico. O pensemos, qué pasa si quienes tienen la razón son los indúes? Pues que todos nosotros, Pascal, este servidor y cualquier otro que no haya meditado lo suficiente para mejorar su karma, reencarnará en gusano (Bin Laden tal vez reencarne en ácaro o a lo mejor en cacarañica). Y qué tal si son los Wiccans los que tienen la razón? O la iglesia cienciológica, o los mormones, o los sikhs, o los bahai, o los pastafarianos (?). Ninguna religión contemporánea puede ser excluida si se quiere hacer una apuesta válida.

Pero ahí no termina la cosa. No podemos excluir tampoco la posibilidad de que alguna religión del pasado sea “la verdadera”  y se encuentre pasando sólo por una edad oscura antes de resurgir en el futuro con su verdad redentora. Podría ser que al “otro lado de la muerte” nos encontremos con Baal, quien debe estar encabritadísimo especialmente con los seguidores de Yahvé, su viejo enemigo. Hay que asignar casillas en la apuesta también para los dioses del Olimpo; para Odín y Thor en Asgaard; para el persa Ahura Mazda y su hijo Mithra, nacido de una virgen en un pesebre durante el solsticio de invierno (suena familiar, no?); para Ra, Amun, Isis y el terrible Osiris; para Kukulkan y el resto del panteón maya … y un infinito etcétera por todas las religiones que antaño fueron consideradas por alguien como la realidad última.

Pero tampoco ahí podemos parar. Yahvé tardó 200,000 años para decidir que era hora de revelarse al homo sapiens como su dios (OK, para los fundamentalistas tardó sólo 4,000 años en revelarse a toda la humanidad, pero aún así dejó pasar tiempo) ¿Quién nos dice que el verdadero dios no está esperando sólo un par de siglos más para revelarse, y del cual no conocemos aún nada, del mismo modo que los aztecas e incas no podían tener ni remota idea del dios que les sería “compartido” por los conquistadores? Y ese dios, puesto que su revelación aún está en el futuro, podría tener cualquier atributo imaginable. Podría ser más severo que Yahvé; o podría ser amoroso de verdad y no estar interesado en sistemas de premio y castigo. Podrían parecerle ridículos y muy culturales los conceptos de salvación y condena, cielo e infierno. Podría ser completamente indiferente, o rebosante de buen humor, o ser un gran tirano. No sabemos, y no podemos excluir ninguna posibilidad.

También podría ser que Yahvé sí exista, pero que su carácter haya sido desfigurado por los seres humanos. A lo mejor es un bonachón que abrazará a todas sus criaturas con comprensión, reconociendo que todos fuimos seres desorientados por nuestras limitaciones cognitivas y mal guiados por milenios de patriarcados que inventaron religiones y escribieron libros sagrados. A lo mejor Yahvé está sólo haciendo un experimento con nosotros y le interesa ver en qué medida la humanidad cae rendida por el dogmatismo y cuánto le toma desarrollar la razón. A lo mejor premiará las mentes inquisitivas y libre pensantes y castigará las mentes apachurradas por el dogma religioso. O tal vez Yahvé es un niño en otra dimensión y este universo no es más que su proyecto escolar de ciencias. Todo es posible y hay que asignarle número en la ruleta de Pascal.
 
Cuando estemos seguros de considerar todas las posibilidades y tengamos lista una ruleta infinita, entonces podemos hablar de apuestas. De más está decir que mis fichas están ya ahí en la casilla verde con el número cero, como cero son sus presuposiciones, la casilla de la razón y el escepticismo. Pero si mañana mismo aparecen los Wiccans (por pensar un ejemplo) presentando evidencias contundentes e irrefutables sobre su Dios Cornudo y su Madre Diosa, con gusto repensaría mi apuesta. Lo mismo vale para cualquier otra religión.

Blaise Pascal seguirá teniendo el puesto que la historia le dio por los aportes que hizo a la ciencia cuando decidió practicar ciencia. Seguirá siendo también un ejemplo de cómo la búsqueda de la verdad debe partir con mesa limpia y sin preconceptos, de lo contrario hasta el más pintado “levanta la que no era”.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Epistemología, corazón del escepticismo.

La epistemología es aquella rama de la filosofía que trata sobre el conocimiento o saber. ¿Qué es conocimiento?, ¿cómo adquirimos ese conocimiento? y ¿cómo sabemos lo que sabemos? son las principales preguntas sobre las que la epistemología trabaja.

Vamos por la vida “sabiendo” algunas cosas y desconociendo otras. Nos gusta saber, y a veces hemos pagado cierto esfuerzo intelectual por lo que sabemos. En otras ocasiones nuestros trocitos de saber han sido de fácil adquisición, bastó sólo con prestar atención. Es bueno saber, y existe un  mínimo de saber que es requisito para empujar nuestras vidas hacia adelante.  A veces confundimos saber con creer y creer con saber, al punto que ambos conceptos se vuelven indistinguibles. Basta que una creencia nos reconforte, nos haga sentir seguros y nos ayude a afrontar profundos temores, y entonces procedemos a aupar esa creencia en el pedestal del saber; actitud no del todo injustificada, como veremos.

Nos gusta saber y nos gusta estar seguros que lo que sabemos o creemos es cierto. Pero ¿hasta qué punto podemos estar seguros de lo que sabemos? ¿somos lo suficientemente honestos con nosotros mismos para reconocer que no siempre podemos estarlo?

Y es que  cualquier percepción que tengamos sobre la realidad que nos rodea, debe pasar por los imperfectos filtros de nuestros sentidos. Poseemos ojos que perciben en una estrechísima banda del espectro electromagnético y a una corta distancia; poseemos olfato, gusto, oído y tacto que se encuentran entre los peores entre todo el reino animal; poseemos un cerebro que “llena entre los espacios” de líneas entrecortadas, encuentra caras en el pan tostado y en la superficie de Marte, e imagina entidades tras las ramas que mueve el viento. Un cerebro evolucionadísimo al que se le han quedado cortos sus órganos sensoriales, convirtiéndolo en prisionero de autoengaños y espejismos; un cerebro al que se le haría extremadamente difícil distinguir entre la realidad y un mundo virtual de sensaciones proporcionado por una "matrix" (sí, la de la película).

Dioses del Olimpo. La realidad irrefutable para la mayoría de griegos antiguos
No podemos estar seguros de mucho. Que la tierra es plana debe haber sido un hecho muy convincente para alguien viviendo hace varios siglos alejado del mar; la observación con sus sentidos apuntaba a esa conclusión. Los preconceptos culturales son igualmente poderosos en la aceptación de verdades, tal sería el caso de un griego en la antigüedad, convencido que su vida es manejada por un grupo de dioses desde el Monte Olimpo. Ahora sabemos que se equivocaban. ¿En cuántas cosas nos estaremos equivocando en la actualidad? Y de nuevo: ¿cómo podemos estar seguros?

Responder esas preguntas requiere entender el grado de incerteza de cada pieza de conocimiento. En un extremo tenemos los teoremas y enunciados matemáticos y lógicos, para los cuales podemos elaborar pruebas. Así, la afirmación 2+2=4 es demostrable y podemos estar 100% seguros de su valor de verdad, no solo aquí y en China, sino aquí y en cualquier parte del universo. Pero la matemática y la lógica son las ramas más puras de la ciencia y por ello nos ofrecen esos altísimos niveles de certidumbre; para todo el resto del saber existe siempre algún nivel de incerteza. Es así como es percibido en la ciencia el conocimiento. Desde la gravitación, hasta la mecánica cuántica, no podemos hablar más de “pruebas” sino de EVIDENCIAS que vayan más allá de la duda razonable. Nunca hemos visto una foto de nuestro planeta en su posición con respecto al resto de la galaxia, pero tenemos fuertes evidencias y datos para figurárnoslo. Nadie estuvo presente para contemplar el Big Bang, pero los datos que del universo podemos obtener, evidencian su ocurrencia y edad (13.7 mil millones de años). ¿Hay prueba? NO. ¿Hay evidencias? SI.

Pero la ciencia está en paz con la epistemología. Quien entiende la ciencia sabe que en ella se trabaja con esas incertezas, desechando las hipótesis que no son respaldadas por la evidencia y aceptando aquellas que sobreviven a las tormentas inquisitivas del método científico.

Evidencias para la corte
Fuera de la ciencia también existen batallas que se libran para dilucidar la verdad. En las cortes penales, cuando los casos comienzan con una inicial contraposición de la palabra del acusador contra la palabra del acusado, entra en pleno juego la exposición de evidencias y contra evidencias para dirimir los casos. Ante un asesinato, no basta con agarrar al primero que va pasando por la calle y acusarlo; es necesario demostrar su culpabilidad con evidencias que vayan más allá de la duda razonable. Encontrar sus huellas dactilares en el arma y las marcas de balística que asocien esta última con el proyectil alojado en el cuerpo de la víctima, serían buenas evidencias para comenzar. Pero aún en el caso en que sean encontradas evidencias adicionales a éstas y que el mismo acusado confiese haber cometido el crimen ¿podemos tener el 100% de certeza que así ocurrió? … Eh… francamente no! El acusado podría ser víctima de una perfecta conspiración o podría padecer de un nivel de demencia que le haga creer haber cometido el crimen. Es un escenario muy poco probable, pero no es imposible.

El nivel de evidencia exigible ante las aseveraciones que escuchamos depende de la plausibilidad de las mismas. Si un compañero en el trabajo me dice que en su casa tiene un gato angora, no veo razones por las cuales no creerle ni porqué exigir evidencias de ello; tengo suficiente previa evidencia de que los gatos angora existen y que los dueños de gatos angora también, y no sería extraordinario que mi amigo sea uno de ellos. Pero si en otra ocasión a mi amigo le cuento que lo que yo tengo es un dragón invisible en mi garaje, entonces aquél tiene razón de sobra para no creerme y exigirme evidencias para cambiar de parecer. “Aseveraciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias” popularizó Carl Sagan con mucha razón.

Con todo y lo sencillo que es comprender estos conceptos, históricamente hemos presenciado cómo los seres humanos transitan sus vidas acarreando creencias que no tienen ningún soporte en la evidencia. Que la Tierra era cargada por una gigantesca tortuga y era el centro del universo; que los dioses del Olimpo; que la serpiente emplumada; que el poderoso martillo de Thor; que las 72 vírgenes en el paraíso para los mártires de la guerra santa; que los chakras; que el chi; que la reencarnación; que Adán y Eva; que el arca de Noé; que el fin del mundo venía el 21 de mayo de este año; que un dios omnipotente y antropomórfico crea todo un universo y unas criaturas con el sólo propósito que estas últimas concursen en un reality show para ganar el derecho de alabarle por siempre y evitar la tortura eterna; que el modo idóneo que ese dios encuentra para comunicarse con sus criaturas es dictarle un libro sagrado e inerrante a los patriarcas de una tribu del desierto en plena edad de bronce; que un día nos levantaremos y presenciaremos un ejército de ángeles descendiendo para que pasemos a ser juzgados. Todos ellos son clamores insoportados por la evidencia y la razón. Y sin embargo, contrario a lo que sucede con las hipótesis científicas, sus seguidores han afirmado siempre tener el 100% de certeza en tales creencias.

Mucho se ha escrito sobre las razones por las que la gente sostiene creencias infundadas. Yo me quedo con lo que denomino “borrachera cognitiva”. Parecemos pensar “mi creencia me hace sentir especial, me da una sensación de certeza, le da sentido y  propósito a mi vida, le confiere autoridad moral a mis opiniones y en últimas consecuencias me hace feliz. A este punto, que mi creencia carezca de asideros de evidencia es completamente irrelevante, lo que importa es que soy feliz con ella”.

"La píldora roja te hará abrir los ojos, la azul te hará seguir durmiendo"
Y es del todo comprensible. La felicidad es una joya preciada, algo por lo que vale la pena luchar y hasta hacer trampa ¿no? Aparentemente no hay nada atractivo en la sobriedad del escepticismo y su insistencia en la dura y objetiva realidad, comparada con los sentimientos embriagantes de las experiencias religiosas  y espirituales ¿no es así?

Por supuesto que se puede ser feliz como resultado de un engaño. Cuando era adolescente me hacía feliz el pensar que en cualquier momento Oxalc1 establecería contacto telepático conmigo desde Ganímedes y ahí comenzaría mi misión redentora de la humanidad. Pero ¿había algún trazo de realidad en esa expectativa o era simple borrachera cognitiva?  Más tarde en mis veintes, me habría hecho muy feliz creer y estar convencido que Angelina Jolie estaba enamorada de mí, y elevar esa creencia al pedestal de la fe, porque al cabo lo que importa es ser feliz ¿no? [esposa mía, si estás leyendo esto te aseguro que esa ilusión ya no me parece atractiva en la actualidad y que eres uno de esos extraños casos en que la realidad supera la fantasía - te lo aseguro (gulp)]. Pero de nuevo ¿qué de cierto hay en esa fantasía embriagante?

Lo irónico del caso es que muchos reirían ahora conmigo sobre lo de Oxalc y Angelina, pero serían incapaces de someter sus propias fantasías ideológicas y religiosas a un honesto escrutinio factual.

Paro algunos, sin embargo, llega a un momento en la vida en el que se descubre el valor de la verdad como una joya más preciada y profunda que los retazos de felicidad circunstanciales y siempre finitos. Procedemos entonces a elevar los estándares para la información que pasará por nuestros sentidos. La fe deja de ser virtud y se desnuda como vicio. Los testimonios anecdóticos de primera y segunda mano comienzan a perder valor pues reconocemos que el ser humano es excelente para engañarse a sí mismo y mejor para engañar a los demás. Entendemos entonces que la posición por default ante una aseveración extraordinaria es el escepticismo, hasta que la parte proponente ponga sobre la mesa las evidencias irrefutables de sus clamores.

Cuando aplicas entonces escepticismo y racionalidad en todas las facetas de la cognición humana, aparece una recompensa inesperada, descubres que hay grandeza en esta visión sobria del cosmos. Paladeas la honestidad intelectual en su máxima expresión: la honestidad ejercida ante ti mismo. Descubres entonces que nada, ni siquiera las más reconfortantes y reasegurantes fantasías, saben mejor que la integridad de tu intelecto.

Tengo un amigo teólogo, muy liberal y versado, con el que en todo estamos de acuerdo, excepto en religión. En una discusión me argumentó que para él la exigencia de evidencias es una restricción injustificada, que deberíamos liberarnos de la "tiranía de la evidencia" y aceptar otro tipo de criterio en la búsqueda de la verdad. 

- Como qué?- pregunté yo.
Una encogida de hombros obtuve por respuesta.
- Como qué? - yo de nuevo.
- No lo sé! - contestó él.

Y de no ser por una interrupción externa, creo que habríamos nombrado el concepto que mi amigo propondría. Me aventuro a pensar que sería algo como "corazonada", "intuición", "sexto sentido", "inspiración", etc.

En tal caso, puedes tu imaginar una corte condenando al acusado porque el jurado tuvo la corazonada de que esa era la realidad? O una aerolínea confiando la manutención de sus aviones al mecánico de la esquina porque el "sexto sentido" de alguien así se lo indica?

Por algo el ser humano se vuelve increíblemente frío y racional en esos casos en que se juega la vida (o hasta el dinero), aunque pueda permitirse embriaguez en los campos más intangibles. Pero, si puedo ser sobrio en algo, porqué no serlo en todo?

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1: Oxalc fue el extraterrestre más popular y memorizado por los seguidores de Sixto Paz Wells en los años setentas, debido tal vez a haber sido el primero en comunicarse telepáticamente con éste desde Ganímedes, o tal vez por ser uno de los más marchosos, o tal vez por tener un nombre difícil de olvidar. Por cierto nunca hubo evidencias de Oxalc, pero sí las hubo de la tremenda inhospitalidad de las lunas de Júpiter.

miércoles, 6 de julio de 2011

Lógica Argumentativa. Cómo desnudar las falacias de tu oponente o aceptar con gracia sus razones

Introdujimos en el anterior post el concepto de silogismo como unidad de razonamiento lógico. En el teatro de acciones de un debate se suele usar silogismos como munición, pero en ese caso reciben el nombre de Argumentos, y estos pueden ser buenos o malos argumentos, válidos o inválidos, sólidos o endebles.

Igual que en un silogismo, un argumento parte de dos premisas que se presumen ciertas y aceptadas  por las partes debatientes. Sobre ellas es aplicado un Principio Lógico de Equivalencia que conduce a una conclusión. Así:

Premisa 1: A=B;     Premisa 2: B=C;     Conclusión: A=C

Sustituyendo esos algebraicos símbolos por conceptos cotidianos, un particular argumento podría ser:

Premisa 1:           Todos los seres humanos son mortales;
Premisa 2:           Todos los griegos son seres humanos;
Conclusión:         Todos los griegos son mortales.

No existe mente racional que pueda contrargumentar lo anterior con alguna posibilidad de éxito.

Escudriñemos un poco más la anatomía de los argumentos lógicos proponiendo la siguiente analogía: 

Un argumento es como una maquinita que toma dos premisas y las convierte en una conclusión. Esa maquinita es el principio lógico de equivalencia, el cual puede funcionar bien o puede estar averiado. 


Principio Lógico de Equivalencia de nuestro ejemplo en forma gráfica
En el caso de nuestro ejemplo, el principio lógico de equivalencia aplicado es el que se deriva de la condición de categorías anidadas: “griegos” como subconjunto de  “seres humanos”, la que a su vez es un subconjunto de “mortales”.

El buen o mal estado de la maquinita es independiente de las premisas que la alimentan, las cuales pueden ser ciertas o falsas.

Cuando la máquina está en buen estado, es decir cuando nuestro principio lógico de equivalencia es correcto, decimos que el argumento es Válido.

Pero una máquina válida puede producir una conclusión falsa si las premisas también lo son, y podemos estar seguros que producirá una conclusión cierta si la alimentamos con premisas ciertas. En ese último caso lo que tenemos es un Argumento Sólido y el ejemplo anterior que concluye a los griegos como mortales lo es.

¿Qué pasa si tenemos un principio de equivalencia lógica válido (máquina en buen estado) pero la alimentamos con premisas falsas? Bueno, pasa lo siguiente:

Premisa 1:           Todos los seres humanos son árboles (premisa falsa);
Premisa 2:           Todos los gatos son seres humanos (premisa falsa);
Conclusión:          Todos los gatos son árboles (conclusión falsa).

Es un argumento que parte de premisas falsas (basta que sólo una de ellas lo sea) y llega a una conclusión falsa. Sin embargo su principio lógico de equivalencia es válido (es exactamente el mismo que en el primer ejemplo).

¿Qué pasa ahora si tenemos premisas ciertas pero un principio de equivalencia lógica inválido (máquina defectuosa)? Pasa lo siguiente:

Premisa 1:           Todos los seres humanos son mortales (premisa aceptada a priori como cierta);
Premisa 2:           Todos los griegos son seres humanos (premisa también aceptada a priori como cierta);
Conclusión:         Algunos griegos son inmortales (conclusión falsa).

No es evidente cuál es el defecto de la maquinita en este simplificado ejemplo, pero podemos asegurar que existe un defecto en ella. Es un argumento inválido.

Sabemos que los debates inician porque una de las partes propone una idea que es refutada por la otra. Entonces, la parte proponente elabora un argumento lógico partiendo de dos premisas que son aceptadas por la parte refutante, y presenta su principio lógico de equivalencia (maquinita) para soportar su conclusión. Es importante que haya acuerdo en las premisas, en caso contrario hay que ir un paso atrás y elaborar un argumento que convierta dicha premisa en conclusión aceptada.

Una vez que un argumento ha sido desplegado sobre la mesa del debate, y suponiendo se tuvo el cuidado de asegurar acuerdo en las premisas, el único elemento criticable es el principio lógico de equivalencia (o maquinita). Si ésta no tiene defecto y funciona bien aún cuando la alimentemos con otro par de premisas ciertas, el argumento es sólido y no queda más salida que aceptar la derrota. Pero si la máquina es defectuosa, el debatiente entrenado debe ser capaz de abrir el capot y señalar los engranajes, fajas, ejes o inyectores defectuosos.

Esas piezas defectuosas han sido etiquetadas como Falacias Lógicas y agrupadas para su fácil memorización y reconocimiento.

El pronto olfateo e identificación de Falacias Lógicas en los argumentos adversarios constituye un arma defensiva terrible e invulnerable. Por otra parte, el sometimiento de nuestros propios argumentos a una limpieza de falacias, se convierte en un arma ofensiva implacable, ya sea que nuestro debate sea contra otra persona o contra nuestros mismos sesgos y subjetivismos. El resultado debe ser en todo caso la aproximación a la verdad.

En el próximo post enumeramos las falacias lógicas más comunes (esta vez de a de veras).

miércoles, 29 de junio de 2011

Lógica. La única palestra de la razón, la única cancha para el debate.

Batalla de Waterloo (William Sadler)
“Por un clavo se perdió una herradura,
por una herradura se perdió un caballo,
por un caballo se perdió un jinete,
por un jinete se perdió un mensaje,
por un mensaje se perdió un batalla,
por una batalla se perdió un reino.
Y todo esto sucedió porque un clavo se perdió.”

De las páginas de un encantado libro, rescatada de profundas sinápsis neuronales en la memoria de largo plazo, y reconfirmada con un golpe de Google, la anterior y simpática composición sirve bien a mis propósitos.

Y ese propósito en esta ocasión es el de poner sobre la mesa una herramienta que todo animal racional posee y utiliza conscientemente o no, en forma correcta o falaz. La LOGICA.

Seguramente había mucho de proceso lógico en el pensamiento de los homínidos que vagaban por la sabana africana hace un millón de años persiguiendo su alimento y evitando depredadores. Seguramente hubo también mucha lógica argumentativa circulando entre aquellos homínidos, cuando trataban de convencer a otros sobre ideas específicas. Seguramente hubo siempre quienes trataron de sistematizar el razonamiento lógico para poder discernir entre los argumentos válidos y los que no lo eran.

Platón y Aristóteles en la Escuela Ateniense de éste último (Rafael Sanzio)
Pero el primero que le imprimió formalización al razonamiento lógico, y trascendió hasta nuestros tiempos fue el griego Aristóteles, quien separa las argumentaciones verbales en su específico lenguaje (el Griego) y lo convierte en un lenguaje de aplicación universal. Así la frase “parece que va a llover, el cielo se está nublando”, que debe haber sido usada muchos milenios antes de Pedro Infante, puede en la formalización aristotélica, ser expresada como: “que el cielo se está nublando, es un hecho al que llamamos A; que cuando se nubla el cielo es muy probable que llueva, es una premisa a la que llamamos B; entonces podemos inferir una alta probabilidad de lluvia a la que llamamos C”, en otras palabras A + B --> C .

Aparece entonces la noción de Silogismo o apelación lógica con el cual una conclusión puede ser derivada de la interacción de dos premisas.

Así:         Primera premisa:             “todos los perros son cánidos”
               Segunda premisa:            “todos los dálmatas son perros”
               Conclusión:                     “todos los dálmatas son cánidos”

Es un silogismo típico.

Su valor de verdad depende del valor de verdad de sus premisas; su validez lógica depende de la correcta inferencia de su conclusión.

Los silogismos pueden encadenarse como se ha hecho en el poema que encabeza este post. La conclusión de uno sirve como premisa del siguiente, de modo que confirmada la verdad de las premisas y aplicando correctas inferencias, podemos en efecto concluir que por un clavo se perdió un reino.

Es posible someter a escrutinio cualquiera de las etapas de nuestro poema. Que por un mensaje se perdió una batalla es una sana conclusión si demostramos la veracidad de que ese mensaje contenía información necesaria y suficiente para no perder la batalla, que los oficiales de campo eran capaces de convertir la información del mensaje en victoria, y que la batalla no se hubiera perdido de todos modos  aún con el mensaje. Y aplicando entonces sobre la formalidad aristoteliana el rigor del empiricismo, podemos analizar toda la cadena y determinar si su atrevida conclusión es sana y válida. De más está recordar que una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones y que si encontramos, por ejemplo, que el caballo pudo ser utilizado efectivamente aún faltándole una herradura, entonces la conclusión se cae como un castillo de naipes.

     Traigo todo esto a cuenta porque a diario encontramos intentos de racionalización de parte de los creyentes de todo tipo. Por ejemplos: 
            
     - "Hey, yo y otros cientos de testigos vimos un objeto moverse en el aire, era de color metálico y se movía de un modo que no lo puede hacer ninguna aeronave construida por el ser humano. Conclusión: estamos siendo visitados por seres de otro mundo que nos traen un mensaje de paz y espiritualidad para que nos salvemos de un desastre inminente."

     - "Hey, esta madrugada me despertó un ruido y al abrir los ojos, me pareció ver en la oscuridad una sombra que atravesó la pared; no existe ninguna explicación natural para lo que presencié. Conclusión: el espíritu de mi abuelo ha venido del más allá para comunicarme un mensaje."

Conocido fenómeno natural causado por la refracción de la luz
    - "Hey, esta tarde me asomé a la ventana y vi lo preciosas que se han puesto las flores de mi jardín, además había en el firmamento un arcoíris de intensos colores; eso me hizo sentir bien y no encuentro ninguna explicación para el color de las flores como el del aparecimiento del arcoíris, no sé si hay explicación científica ni me interesa. Conclusión: las flores y el arcoíris fueron creadas para mí por un ser invisible que me ama porque soy también su creación; ese ser crea universos, escucha oraciones, perdona pecados, condena a sufrimiento o a dicha eternos, elije pueblos, guerrea contra otros, tiene mis mismas preferencias políticas y deportivas, ama a quienes amo, odia a quienes odio, no tiene sentido del humor, se ofende por todo y le interesa increíblemente el comportamiento sexual de sus criaturas."

Estos sólo son unos básicos ejemplos de intentos de racionalización para justificar una “conclusión” que más bien es una idea, creencia u opinión preconcebida. Cuando nos gusta o reconforta creer en algo sin asideros en la realidad, nuestro intelecto humano trata de justificar racionalmente dicha creencia. Por fortuna ya se acumuló mucha agua después del despertar de Aristóteles, y vinieron los Frege, Kant, Bacon, Hume, Locke, Russell, Wittgenstein, etc, y podemos ya descubrir no sólo los eslabones débiles, sino también la falta de eslabones, los saltos y acrobacias de fe, y el pretender sujetar una “verdad” del tamaño de un elefante con un hilo de seda. 

Dado que los errores de lógica y argumentación se repiten una y otra vez, ha sido posible agruparlos y clasificarlos en lo que se ha dado en llamar Falacias Lógicas, tema que estaré desarrollando en el siguiente post.

martes, 26 de abril de 2011

Ciencia! ¿Y eso con qué se come?

Comentar en blogs y fórums de alto tráfico e incluso acechar en los mismos es una experiencia interesante. Ese intercambio de ideas podría parecerse a una mascarada global a la que cualquier persona del mundo puede entrar, con o sin rostro, con o sin nombre, donde a lo que se va es a emitir y recibir ideas, con la certeza de que cada quien que hable será escuchado. Ahí encuentras personas con puntos de vista muy parecidos al tuyo y personas con una diametralmente distinta visión del mundo. Cierto que no se puede cometer el error de juzgar la idiosincrasia de una población entera a partir de lo que sucede con una pequeña muestra autoseleccionada, pero hay pistas y tendencias que se pueden inferir a partir del intercambio extensivo de ideas.

Una de esas observaciones atañe uno de los ejes en los que gira este blog: la ciencia. Pude notar que aunque toda la gente cree saber lo que es ciencia, en realidad el porcentaje que efectivamente la entiende es ínfimo. La mayoría mantiene ideas erróneas plagadas de “misconceptions”.

Pero en toda justicia, debo decir que es completamente comprensible el porqué se va por la vida manteniendo conceptos erróneos sobre lo que la ciencia es. Usamos y disfrutamos intensivamente los productos de la ciencia sin detenernos a pensar cuál es el proceso que levantó desde el polvo de la ignorancia un determinado fenómeno natural y le convirtió en herramienta manipuladora de realidades. Yo mismo confieso haber padecido ignorancia al respecto (a lo mejor todavía la padezco). A pesar de haber obtenido ya un grado de ingeniería y otro de maestría, no recuerdo haber recibido una tan sola lección introductoria sobre las bases de la ciencia y su método. En nuestros laboratorios aplicábamos procedimientos que se apegaban al rigor científico, pero lo hacíamos como siguiendo una receta de cocina y sin estar del todo conscientes del trasfondo filosófico de la ciencia. ¿Habrá sido porque mi educación profesional la realicé en un país del tercer mundo? No lo creo. He conocido en los Estados Unidos a personas que ostentan un PhD en ingeniería o un MD (medicina) pero que manejan conceptos sobre la ciencia peores que los que yo haya nunca tenido.

He podido escuchar y leer frases como: “la ciencia es rígida, no está dispuesta a la innovación”, “los conocimientos científicos se mantienen por fe”, “la ciencia es un club de nerds que no ven más allá de lo convencionalmente establecido”, “esa no es más que una teoría”. Y hablando de “teoría” llama la atención el modo en que este término es confundido con el de “hipótesis” e incluso con “corazonada” o “suposición”. Pero ya dedicaré una completa entrada de blog a ese último y pervasivo error.

Primero veamos QUE ES la ciencia y como nació, antes de de darnos a la tarea de aclarar LO QUE NO ES.

De acuerdo a una típica entrada de diccionario, ciencia es el estudio sistemático de la estructura y comportamiento del mundo físico a través de la observación, medición, identificación, descripción, experimentación y construcción de teorías que expliquen esos fenómenos naturales.

En contraste con otros modos de “conocer” provenientes de mitología y misticismo, para que la explicación de un fenómeno califique como ciencia debe ésta ser testable empíricamente y atenerse exclusivamente a la descripción de lo objetivamente observado. La razón y los procesos lógicos son esenciales en esa indagación científica.

En ciencia sólo tiene cabida la realidad y sus hechos. Cualquier subjetivismo, preconcepto, sesgo ideológico o personal, debe quedar por fuera. Lo que se reporta es lo encontrado, aunque ello vaya en contra de los deseos del investigador.

En ciencia, los pasos de los pioneros pueden y deben ser reproducidos por cualquiera. Los resultados de quienes antecedieron las investigaciones pueden ser siempre sometidos a nuevas revisiones a medida se dispone de nuevas tecnologías y datos.

En ciencia NUNCA se considera haber alcanzado la verdad absoluta. Todas las explicaciones y teorías llevan un carácter de provisionalidad y perfectibilidad. Copérnico es correcto en su teoría heliocéntrica, pero Galileo observa y describe el movimiento de los cuerpos en derredor del sol, aunque es Kepler quien afina el lápiz y descubre que las órbitas son elípticas, y es Newton quien devela la fuerza que causa dicho movimiento (la gravedad), pero es Einstein quien vuelve las ecuaciones de Newton sólo un caso especial de una más amplia Teoría General de la Relatividad.

La ciencia es constante cambio, un cambio acumulativo, un cambio que aprieta cada vez más como un “ratchet” y nos acerca asintóticamente a percibir y entender la realidad. Nunca podrá la ciencia parecerse al misticismo y su aceptación ciega de verdades sagradas escritas en la roca del dogmatismo y protegidas por murallas de fe. La ciencia se ejerce desde la honestidad y humildad absolutas del intelecto humano. La respuesta "No sabemos!" es completamente válida y común, normalmente seguida por un esperanzador "todavía".

Seguramente la actitud científica apareció en el ser humano a la par de su capacidad de razonar. Muy probablemente hace cientos de miles de años cuando los clanes de seres humanos vagaban por la sabana africana llevando un cargamento de necesidades, sufrimientos, temores e ignorancia, fue fácil la aparición de explicaciones forzadas entre aquellos cerebros hambrientos de respuestas. Así, es muy probable que esos humanos hayan asignado entidades y “espíritus” en su cotidianidad. El sol no era el horno nuclear natural que hoy entendemos sino un dios que sobrevolaba diariamente sus dominios; el arcoíris debe haber sido el producto de una entidad benigna o de buen humor; los terremotos, en lugar de ser producto de un natural acomodamiento tectónico eran atribuidos a la ira de un dios que castigaba con ello a los seres humanos (ya nadie piensa eso ¿no es cierto? – mejor me doy contra la pared).

Esos primitivos seres humanos tal vez atribuyeron magia y misticismo hasta al comportamiento de los animales que cazaban para subsistir. Pero debe haber habido quienes observaban el comportamiento de las manadas y encontraban correlación con otros fenómenos de la naturaleza, como los ciclos climáticos, los depósitos de agua, los lugares de pasto, las épocas de apareamiento. Aprendieron a obtener mucha información del tipo de huella que esos animales dejaban a su paso. Se atuvieron a los hechos y ello comenzó a redituar.

Thales de Mileto (626-546 AC)
Pero el pensamiento científico formal, junto con su hermana (¿o madre?) la filosofía, tiene su cuna en la antigua Grecia, donde hace 2,500 años se enciende la chispa racional de la mano del gran Thales de Mileto y sus sucesores Jonios. Luego sobrevino la contraofensiva del misticismo conducida por Platón, Aristóteles et al, quienes explicaron el mundo en términos de poderes misteriosos más allá del alcance humano, hasta llegar al aparecimiento del monoteísmo, que con su gran capacidad de mezclarse con el poder político y expandirse a través de la espada, se convirtió en un excelente sofocador del pensamiento racional y del proceso científico mismo. Hubo entonces que esperar hasta hace tres siglos cuando el movimiento conocido como “iluminismo” comenzó por fin a ganar la partida para el pensamiento racional. Es mi opinión que el éxito relativo de esta nueva era iluminada por la razón se debió a que la ciencia comenzó a entregar sus frutos tangibles en términos de salud, energía, transporte, alimentación, bienestar, y hasta -¿por qué no decirlo?- armamentos. Entonces la ciencia parió a su hija, la tecnología, que terminó convirtiéndose en elemento seleccionador de reinos e imperios sobre otros que no se subieron a tiempo a su carruaje. Y entonces el uso de la razón terminó confeccionando lo que se ha dado en llamar Método Científico, estándar “sine qua non” para que cualquier esfuerzo investigativo pueda colgarse la etiqueta de ciencia, merced a su blindaje contra preconceptos, sesgos ideológicos y cualquier otra debilidad que podría contaminar la objetividad de los resultados.

Próxima entrada: El Método Científico.