Yo no moriría nunca por mis creencias porque puedo estar equivocado

- Bertrand Russell

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viernes, 29 de junio de 2012

La Biblia ¿Fuente de nuestra moral y ética? ¡Ni por cerca! Parte II


La tesis medular de la Parte I de este blogpost puede expresarse en la frase: “Contrario a la convención popular, la Biblia no es fuente de la moral y ética de la sociedad moderna”. Para ello desarrollé un par de argumentos que describo formalmente:

Primer argumento:
  • Premisa 1: Un documento que ostente la categoría de ser “la fuente de toda moral y ética humana” debería ser consistente, no relativista, objetivo y de aplicación universal.
  • Premisa 2: En el Antiguo Testamento, Dios y sus escogidos cometen ciertos actos completamente contrarios a la convención moral y ética de nuestra sociedad moderna (genocidios, violaciones, esclavitud, ejecuciones injustificadas, infanticidio, arbitrariedades, mala administración de justicia, etc).
  • Conclusión 1: La Biblia no es fuente del sistema moral y ético convencional moderno.


Segundo argumento:
  • Premisa 3: La Biblia contiene “partes malas” y “partes buenas”.
  • Premisa 4: Cualquier persona promedio moderna puede fácilmente distinguir entre una “parte mala” (“maten a todos los niños!...” Num. 31:17) de una “parte buena” (“ama a tu prójimo como a ti mismo” Marcos 12:31) en el texto bíblico.
  • Conclusión 2: El criterio que nos permite distinguir las buenas partes de las malas en la Biblia, tiene un origen externo a ella.


Es cierto que leyendo la Biblia, sus partes terribles (y hasta horribles) se encuentran principalmente en el Antiguo Testamento, en tanto que las lecciones bellas de moral y justicia menudean en el Nuevo. Puedo suponer que esa es la razón por la que la Iglesia Católica se concentra en el segundo e ignora el primero. Supongo que eso lleva a los cristianos más liberales a repetir que “precisamente eso es lo vino Jesús a hacer, a derogar lo antiguo y traernos un nuevo mensaje” que vendría a constituirse en la base de nuestra moral y ética. Disectemos ese clamor.

Tal vez la mejor parte del Nuevo Testamento sea el Sermón de la Montaña, en el que Jesús lanza una verdadera andanada de principios morales que no sólo van en la misma dirección hacia la que apunta nuestra convención moral actual, sino que presiona hasta extremos de difícil cumplimiento. Así el amar a enemigos, el ofrecer la otra mejilla, el dar a otros el doble de lo que te piden, el no juzgar para no ser juzgados, el considerar la viga en el ojo propio antes de ver la basurita en el ajeno, el evitar la hipocresía, el no orar en público sino en privado, son faros morales de tan difícil alcance que son violados a diario por los más ardientes seguidores del Nazareno.

Confucio iluminó al mundo con la Regla de Oro. 5 siglos antes de Cristo
Pero allí en el Sermón de la Montaña se encuentra también una joyita que quizás sea lo más luminoso, no sólo entre los evangelios sino de la Biblia entera: La Regla de Oro, “Trata a los demás como quieras ser tratado”, que podría ser considerada como el aporte más importante del Cristianismo hacia el sistema moral universal … excepto porque … no es algo original del Cristianismo!. No, dicho principio de reciprocidad venía siendo batido desde hacía siglos por otros grandes líderes espirituales y filósofos como Confucio, Lao Tse, Sidhartha Gautama (Buda), Pitaco, Tales de Mileto, Isócrates, Epícteto, Sócrates (y por tanto Platón), y otros, pudiéndose rastrear en el tiempo hasta el mismísimo Códico de Hammurabi, 1780 años antes de Cristo. Al igual que con lo de “amar a tus enemigos”, contenido ya en la filosofía budista, taoísta y griega (de nuevo), Jesús no está inventando nada nuevo, sino que se está haciendo eco del formidable sistema ético y moral ya existente.

Pero no todo brilla en el Nuevo Testamento. También es posible encontrar, al igual que como hicimos con el Antiguo, pasajes con dudosas lecciones de moral, los cuales paso a discutir en el estilo acostumbrado.

Dilema moral: ¿Son los organismos carentes de mente y consciencia, responsables por sus acciones u omisiones y por tanto sujetos a castigo?

Al parecer más que dilema moral éste es un básico problema de lógica y buen juicio. Los objetos, los animales y las plantas no pueden ser sujetos a juicio moral o ético. Se necesita intelecto e intención para ser juzgado. Al respecto, en Marcos 11:12-20 encontramos un Jesús muy distinto del de la “montaña”.

“   12  Al día siguiente, cuando salían de Betania, Jesús tuvo hambre. 13   Viendo a lo lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si hallaba algún fruto. Cuando llegó a ella sólo encontró hojas, porque no era tiempo de higos.  14   "¡Nadie vuelva jamás a comer fruto de ti!", le dijo a la higuera. Y lo oyeron sus discípulos. ……. 20   Por la mañana, al pasar junto a la higuera, vieron que se había secado de raíz.”

¿Cuál es la lección moral que Cristo está proporcionando aquí? Al parecer ninguna positiva. Al destruir una planta sólo porque no tenía frutos en el momento deseado, Jesús se comporta como un niño brabucón y caprichoso, como el más abusivo de los dictadorcitos, como el más irracional de los vándalos. Da una lección de egoísmo recalcitrante: “¿Con que no me das higos? Entonces no se los darás a nadie más en el futuro!”; una lección de mal uso y abuso de poder: “Tengo magia en mis dedos para destruirte, pero no tengo magia para crear un higo entre tus hojas”; una lección de incapacidad de manejar un deseo inmediato: “Ah, yo lo quiero ya, y si no lo tengo ya, me desquito con lo primero a mano”; una lección de insensatez: “no me oyes, no me ves, no piensas, no tienes intención, pero te hablo y te aplico un castigo”.  ¿Dónde está el hombre que manda a amar a los enemigos y ofrecer la otra mejilla?

Este pasaje, muy cuidadosamente escondido por las iglesias cristianas de toda denominación, deja al carpintero de Belén en una posición muy por debajo de los impecables Confucio, Lao Tse, Buda y cualquier otro líder espiritual que se nos venga a la mente. Recórcholis! En realidad Jesús hace un peor papel que el de cualquier persona que se aproxime a un árbol frutal para descubrir que no hay frutos. Pero en  su defensa, se me ocurre sospechar que el asunto nunca ocurrió, y así como numerosas otras partes descritas en los evangelios, todo es producto del cocinado de la nueva religión. El anónimo autor de esos evangelios (que no es ni Mateo ni Marcos ni Lucas ni Juan) estaba tan preocupado por presentar a Cristo como un hacedor de milagros y portentos, que se le olvidó que era más importante presentarlo como un líder íntegro.

Y no, destruir organismos porque no hacen el milagro de apegarse a nuestro impulsivo deseo inmediato, no está entre nuestra escala moral.

Dilema moral: ¿Hay que hacer el bien por el bien, o por que esperamos una recompensa?

En Lucas 6:35 encontramos una tremenda contradicción en el Sermón del Llano (otro sermón).
35   Ustedes, por el contrario, amen a sus enemigos, háganles bien y denles prestado sin esperar nada a cambio…..”

Lo cual es un principio excelente. Hacer el bien por el bien mismo debería ser un pilar central de todo sistema moral y ético. Pero en las siguientes palabras, antes de terminar siquiera el versículo, Cristo disuelve la magia de ese mensaje.

“ Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados.”

Vaya! Resulta que sí hay que esperar una recompensa a cambio, después de todo!

La verdad es que a lo largo de todo este sermón y del otro mejor conocido de la montaña, así como en los enteros evangelios, y el entero Nuevo Testamento, este mensaje es constante: “Haced esto y ganaréis el Cielo”, “Haced lo otro y tendréis vida eterna”, “No hagáis eso o iréis al infierno”. Se me vuelve evidente un excesivo clientelismo y mercantilización de la moral. Bajo ese esquema, al final de cuentas, aún los que se ganen el cielo por sus acciones, no son más que egoístas comprando con dos monedas una codiciada eternidad de placeres.

Pero la naturaleza humana ha producido empatía y compasión, y ellas hacen que nos conmovamos ante la desgracia ajena de modo espontáneo. Me atrevo a creer que la mayoría de nosotros ha ya tendido la mano a su prójimo sin esperar con ello estar acumulando “tesoros en el cielo”. Cuán por arriba está la moral de aquellos que hacen el bien, sabiendo que no habrá recompensas ni castigos al final.

Dilema moral: ¿Es moral y justo imponer premios y castigos infinitos por acciones y faltas finitas?

Con todo y lo guerrerista, cruel e inmoral de que podemos tachar el Antiguo Testamento, el concepto de un juicio y castigo final eterno está ausente de sus páginas. Es precisamente en el Nuevo Testamento y de boca del mismo Cristo que aparece esta desmedida amenaza. Hay muchos ejemplos, pero podemos citar la “parábola” del Rico y Lázaro en Lucas 16,  como uno concreto.

Más que discutir un pasaje en particular, aquí vale la pena llamar la atención sobre esta tremenda falla de muchas religiones modernas. Pretender reclutar y sostener adeptos con base a apilar terror sobre el ya natural temor a la muerte, es antiético.

Nacemos sin saber absolutamente nada y somos moldeados según la sociedad que nos tocó en lotería. Nuestro comportamiento depende grandemente de las señales de ese ambiente, canalizadas por sentidos imperfectos y cocinadas en un cerebro también imperfecto. A escala geológica o cosmológica nuestras vidas no llegan ni a parpadeos, ni a aleteos de colibrí, ni a clicks en la bastedad del tiempo. No hay tiempo para ser responsable de nada, no para ser infinitamente responsable.

Mi ejercicio mental es: si tú eres un creador de universos y de todo lo que en ellos existe y por tanto tienes absoluto control de todo lo que pase en él ¿porqué estarías interesado en crear lugares de sufrimiento infinito? Vamos! ¿porqué estarías interesado en crear criaturas y ponerlas a sufrir? Torturan los reyecitos y dictadores porque tienen temor de perder el poder, porque perciben amenazas y conspiraciones reales o potenciales pero bastante factibles, por ello son celosos y exigen lealtad y pleitesía. Pero si eres el creador de todo lo que existe y sabes que no hay competencia ¿porqué te comportarías con inseguridades?

Dilema moral:  ¿Debemos amar a nuestras familias o podemos aborrecerlas con alguna excusa?

Veamos lo que aparece en Lucas 14:26.

“ Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.”

Yo esperaría que el “documento en el cual se basa nuestra moral” fuera un poco más consistente en esto del amor. Qué tal abrir las puertas del discipulado para todos, especialmente para personas que amen, incluyendo a sus familias?

Dilema moral: ¿Están las mujeres en inferioridad con respecto a los hombres?

Sé que la pregunta brilla por su necedad. Pero también sé que nuestra ética y moral humana ha resuelto el dilema en tiempos muy recientes, no más de un siglo.

Si el Nuevo Testamento fuese el faro moral que nos vino a despertar hace 2000 años, encontraríamos en sus pasajes claras indicaciones de respeto y justicia hacia la mitad de la población humana con dos cromosomas X. Veamos qué dice Pablo en 1 Corintios 14:34-35.

“ 34  guarden las mujeres silencio en la iglesia, pues no les está permitido hablar. Que estén sumisas, como lo establece la ley.
35   Si quieren saber algo, que se lo pregunten en casa a sus esposos; porque no está bien visto que una mujer hable en la iglesia.”

¿Qué tal 1 Timoteo 2:11-12?

“La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio.”
 
Vamos Pablito, se supone que estás escribiendo el documento que revolucionaría nuestro sistema moral, no una reafirmación del viejo patriarcalismo machista de la Edad de Bronce. Sin la participación activa y proactiva de las mujeres en un esquema de equidad, no puede haber ética ni moral. No mandes a callar a lo mejor de tus seguidores.

Lo más irónico del caso es que cuando discuto con cristianos fundamentalistas, la mayoría de las veces se trata de mujeres. Algunas dicen ser expertas en Biblia, pero desconocían el mencionado pasaje hasta que se los puse enfrente. Nunca he recibido de ellas (ni de ellos) una respuesta coherente a mis críticas.

(Voy a dejar pasar el Apocalipsis, porque me parece más una obra esquizoide que un código moral.)

El problema con Jesús Cristo es que, contrario a lo ocurrido con el resto de grandes maestros espirituales (Confucio, Lao Tse, Gautama), no dejó caer nada de su puño y letra. Lo único que tenemos es lo que otros dicen que dicen que otros vieron y oyeron. Los evangelios mismos fueron escritos 40 años después de la muerte del maestro, en un país alejado de Judea, por gente que no le conoció. Así  es, Marcos, Juan, Lucas y Mateo no fueron discípulos de Jesús (como algunos creen), los dos últimos copian al primero y a una misteriosa fuente perdida (la Fuente Q). Y Pablo, quien es el real arquitecto del Cristianismo ni siquiera consideraba que Jesús hubiese existido. Al final de cuentas, el Nuevo Testamento es escrito por un conjunto de manos desconocidas, y ninguna de ellas es la del Nazareno, de cuya existencia ni siquiera tenemos evidencia. (Pero todo ello es carnoso material para discusiones futuras en este sitio.)

Concluimos que el Nuevo Testamento tampoco es la fuente de nuestra ética y moral. A lo más, las palabras de Cristo hacen reverberar la sabiduría que a esos tiempos ya era antigua y procedía del oriente. Y como persisten en el texto no sólo el endose de la vieja Ley (Mateo 5:17) sino también extraños elementos de dudosa moral, podemos concluir que ni lo bueno del Nuevo Testamento es necesariamente original, ni lo original es necesariamente bueno.

martes, 29 de mayo de 2012

La Biblia ¿Fuente de nuestra moral y ética? ¡Ni por cerca! - Parte I


Muchas veces escuchamos discusiones en torno a escabrosos temas sociales, tales como el aborto, los derechos de personas homosexuales, la investigación científica con células madre, la clonación, la pena de muerte, el control de armas, la separación de iglesia y estado, etc. Si vives en los USA, esos son temas que taladran los oídos probablemente más de lo que desearías, y si encima de todo es año electoral, más que taladro es un “jackhammer” lo que tienes por metáfora. Y tan polarizada está la sociedad americana que puedes predecir cuál es la posición de casi cada persona en cada uno de esos asuntos, con el solo hecho que te diga “soy conservador”, y el paquete contrario si te dice “soy liberal”.

En esencia nuestra apreciación depende de parámetros morales y éticos, los que también aplicamos a nivel personal. Damos y recibimos consejos y juicios en pequeños dilemas morales. Y cada vez repasamos las bases de lo convencionalmente correcto e incorrecto, las bases de nuestra moral y ética.

Sea que discutamos esas encrucijadas al nivel macro de una sociedad, o al nivel micro de un individuo o pequeño grupo, la mayoría de veces esa brújula está bien orientada hacia lo que percibimos como “el bien”. 

Ya he defendido el argumento de los orígenes puramente humanistas de nuestra moral y ética, pero revisito el tema por la frecuencia con que se esgrime La Biblia sobre este tipo de discusiones, como origen absoluto y autoridad suprema sobre asuntos de moral. Es muy común también que al presentar nuestra objeción ante el uso de la Biblia como ley absoluta, se nos responda con algo como “si no existiera la Biblia y su autor (Dios), no sabríamos distinguir entre lo bueno y lo malo”.  

La susodicha sentencia no es menos que una falacia monumental, pero resulta apabullante la cantidad de veces que es usada y lo poco que es retada. Ese argumento lleva un salvoconducto en el bolsillo, y al parecer se espera que nadie ponga en tela de juicio la autoridad, infalibilidad y legitimidad de “la Palabra”. “Escúdate en la Biblia y ya ganaste la discusión”, parecen pensar. Para este fenómeno, yo solo encuentro una explicación: ……..(redobles) ……….. La gente no lee la Biblia!!!

Procedo entonces a presentar las razones del porque sostengo que la Biblia NO ES ni será nunca fuente de moralidad y ética para la sociedad y sus individuos. Recurro a algunos ejemplos que me servirán de ilustración.

Dilema moral: ¿Cual es el grado de severidad que se debe aplicar para corregir a un hijo desobediente?

Nuestra moral y ética humanista nos llevaría a resolver el caso dentro de un espectro que podría incluir psicología aplicada, persuasión verbal, y por supuesto la aplicación de premios y castigos, pudiendo esta última alternativa estirarse hasta el grado de ciertos castigos físicos que nuestra sociedad aún acepta. La línea del máximo castigo podría estar definida por aquello que no deje daños permanentes. Ahí está la frontera, una línea en disputa que se ha traducido en leyes en las distintas naciones y hace posible que el castigo que allá puedes aplicar, aquí ni se te ocurra si no quieres ir tras las rejas por violencia doméstica.

¿Cómo resuelve la Biblia el caso? Vamos a Deuteronomio 21:18-21:

18  Si un hombre tiene un hijo obstinado y rebelde, que no escucha a su padre ni a su madre, ni los obedece cuando lo disciplinan, 19  su padre y su madre lo llevarán a la puerta de la ciudad y lo presentarán ante los ancianos. 20  Y dirán los padres a los ancianos: Este hijo nuestro es obstinado y rebelde, libertino y borracho. No nos obedece. 21  Entonces todos los hombres de la ciudad lo apedrearán hasta matarlo. Así extirparás el mal que haya en medio de ti. Y todos en Israel lo sabrán, y tendrán temor.

La inhumana muerte por lapidación. "Justo" castigo bíblico para hijos desobedientes
La “moral bíblica” decreta muerte por un bárbaro método para el muchacho desobediente, no sin antes proceder a calumniarlo (lo acusan de borracho cuando al principio la prescripción es para hijos rebeldes). La “moral bíblica” nos manda a hacer algo que nadie en su sano juicio haría en una sociedad justa. Algo incluso peor a lo que el régimen Talibán haría. La “moral bíblica” viola el básico principio de proporcionalidad entre falta y castigo y se vuelve antítesis de los valores de comprensión, empatía y amor entre seres humanos.

Por cierto, el mismo castigo es recetado para adúlteros y para toda mujer que no es encontrada virgen en su noche de bodas (Deuteronomio 22:20-21).

Dilema moral: ¿Matarías al vecino por trabajar en sábado?

Por supuesto que no. No lo matarías por esa ridícula razón ni por ninguna otra. Tu sistema moral humanista y el uso de razón que tienes te hacen rechazar de tajo la sola idea.

Veamos qué dice la Biblia en Números 15:32-36.

32  Un sábado, durante la estadía de los israelitas en el desierto, un hombre fue sorprendido recogiendo leña. 33  Quienes lo sorprendieron lo llevaron ante Moisés y Aarón, y ante toda la comunidad. 34  Al principio sólo quedó detenido, porque no estaba claro qué se debía hacer con él. 35  Entonces el Señor le dijo a Moisés: «Ese hombre debe morir. Que toda la comunidad lo apedree fuera del campamento.» 36  Así que la comunidad lo llevó fuera del campamento y lo apedreó hasta matarlo, tal como el Señor se lo ordenó a Moisés.

¿Está una arbitraria y ritualista disposición religiosa por encima del derecho a la vida? ¿Qué clase de ser supremo daría una orden así? Hasta los dictadores más criminales asesinan a opositores políticos por una más defendible razón: la supervivencia del régimen. Pero ejecutar a un inocente, quien tal vez actuaba empujado por la necesidad, por la simple razón de recoger leña en sábado!? Ese es un acto de inmoralidad suprema. Nuestra moral secular está muy por arriba que la de la Biblia y sus bárbaros autores.

Dilema moral: ¿Se justifican los crímenes de guerra?

Aunque siempre habrá quien justifique las guerras como actos de defensa de la soberanía, la libertad, etc., existe un claro consenso de que sería mejor no tener que recurrir a la guerra y obtener lo deseado por métodos pacíficos. Estamos conscientes de las pérdidas que los conflictos bélicos causan. Las guerras se llevan vidas, sueños, cultura, arte. Provocan dolor indecible, hambre y pérdidas irrecuperables. Los daños a la población civil resultan ser la parte más cruel de las guerras y todos creemos que hay que evitarlos cuanto sea posible. Hasta el más cínico guerrero admitiría que la población civil no es objetivo de combate, aunque sabe que es inevitable engrosar la cuenta de los “daños colaterales”.

En el Antiguo Testamento la guerra está por todas partes. Son guerras ordenadas y apadrinadas por Dios, lo que ya en sí resulta en un acto inmoral, pues ese ser que posee el poder de cambiar cualquier situación de modo mágico y sencillo, decide jugar a la guerrita con sus criaturas poniéndolos a pelear por territorio, cuando en sus dedos tiene la capacidad de crearle un planeta entero a cada tribu si así lo desea.

Tomemos un sorbo de la guerra que Dios ordena en la Biblia. Por ejemplo Números 31:7-18.

7  Tal como el Señor se lo había ordenado a Moisés, los israelitas entraron en batalla y mataron a todos los madianitas…... 9  Capturaron a las mujeres y a los niños de los madianitas, y tomaron como botín de guerra todo su ganado, rebaños y bienes. 10  A todas las ciudades y campamentos donde vivían los madianitas les prendieron fuego, 11  y se apoderaron de gente y de animales. Todo los despojos y el botín 12  se los llevaron a Moisés y al sacerdote Eleazar, y a toda la comunidad israelita. A los prisioneros, el botín y los despojos los llevaron hasta el campamento que estaba en las llanuras de Moab, cerca del Jordán, a la altura de Jericó….  14  Moisés estaba furioso con los jefes de mil y de cien soldados que regresaban de la batalla. 15  «¿Cómo es que dejaron con vida a las mujeres? les preguntó. 16 …… 17  Maten a todos los niños, y también a todas las mujeres que hayan tenido relaciones sexuales, 18  pero quédense con todas las muchachas que jamás las hayan tenido.

No lo creen? Lean el Salmo 137, versículo 9.
Por orden del “Señor” los israelitas perpetraron masacres atroces, verdaderos actos de lesa humanidad. Podemos imaginarnos la tragedia vivida por esos seres humanos que en medio de vivir en su tierra, cultivarla, construir, formar familias, amar, ver crecer hijos y sueños ….de improviso ven aparecer una horda de barbaros que dicen estar siendo guiados por un dios omnipotente que no tiene ningún aprecio por las vidas ajenas. Podemos imaginar las caritas de esos niños al ver morir a su papá y ver gritar de terror a su mamá; los criminales invasores robándose todo lo duramente ganado por otros; la marcha como prisioneros de guerra de inocentes mujeres, niños y bebés; sus llantos inconsolables; la colérica y barbuda cara del jefe invasor reprendiendo a sus secuaces el dejar vivos a los niños y mujeres; los ojitos de esos niños ante el filo de las espadas; sus pequeñas luchas para protegerse en sus mamás; las pequeñas túnicas que ayer jugaban entre el polvo, y el bárbaro bronce mordiéndoles la carne inocente; el sufrimiento indecible. Ah, y las niñas, las hijitas de alguien, las hermanitas de alguien, condenadas a una vida de esclavitud y sometimiento sexual.

Por su parte en Oseas 13:16 tenemos esta joya:

16  El pueblo de Samaria cargará con su culpa por haberse rebelado contra su Dios. Caerán a filo de espada; ¡a los niños los lanzarán contra el suelo, y a las embarazadas les abrirán el vientre!

Y todo ordenado por Dios!!!  (Dime por favor que tu moral la obtienes de otro lado).

Dilema moral: La esclavitud:  ¿Es moral que un ser humano sea propiedad de otro?

De acuerdo a nuestra moral y ética secular, la respuesta es un rotundo NO. Tal vez no exista mejor ejemplo de cómo nuestra moral ha evolucionado de la mano de principios puramente humanistas. La esclavitud no tiene cabida en una sociedad que se precie de moralmente constituida. El principio de libertad individual está plasmado en la mayoría de constituciones políticas del mundo, y la esclavitud ha sido abolida por prácticamente todas las naciones de la Tierra, si bien de modo tardío (Mauritania se convirtió en la última nación en abolir esclavitud en 1981), y no siempre de modo pacífico, habiendo sido preciso a veces pelear guerras civiles y revoluciones. Con todo, el derecho a nacer y vivir libre es reconocido como un derecho fundamental por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se ha hecho de un puesto entre nuestro zeitgeist.

Sabemos que la esclavitud ha estado presente en las sociedades preindustriales desde tiempos prehistóricos. Entendemos por vía de la Antropología, la Sociología y la Historia, el papel que la esclavitud jugó cuando las naciones e imperios tuvieron que amasar potencia muscular, dada su carencia de potencia industrial. Pero que entendamos eso, no nos mueve como seres humanos modernos, de nuestro consenso acerca de la inmoralidad de capturar por vía violenta a alguien, privarle para siempre de su libertad, hacerlo objeto de compra y venta, obligarle a trabajar forzadamente, denegarle compensación, someterle a inhumanos castigos y provocarle una descendencia de seres humanos que nacerán, vivirán y morirán en oprobio tal.

Veamos qué posición toma la Biblia ante la esclavitud.

Levítico 25:44-46:

44  »Asegúrate de que tus esclavos y esclavas provengan de las naciones vecinas; allí podrás comprarlos. 45  También podrás comprar esclavos nacidos en tu país, siempre y cuando sean de las familias extranjeras que vivan en medio de ustedes. Ellos serán propiedad de ustedes, 46  y podrán dejárselos a sus hijos como herencia para que les sirvan de por vida.

La Biblia da instrucciones para la compra-venta de esclavos
Es sólo uno entre muchos ejemplos de las partes en que la Biblia condona y cohonesta la esclavitud. Cuando señalo esto a los apologéticos creyentes, ellos invariablemente responden que hay que entender que esos eran “otros tiempos” y comprender el contexto social en que se vivía. Pero es ese precisamente mi punto: se supone que Dios da normas morales a la humanidad que contravienen lo que “normalmente” haríamos. Dios no está allí para acomodarse a las usanzas sociales. Se supone que de no ser por la Biblia no sabríamos qué es bueno y qué es malo (tal es lo que proponen esos mismos apologistas). Pero en este caso Dios aconseja como bueno algo que conviene a los poderosos de la época que sea “bueno”. De repente ya no tenemos a un Dios implacable, sino a uno “blandengue” que da permiso para que se cometa un acto, que hoy por hoy y sin ser dioses, nosotros tachamos como inmoral.

Resulta revelador el hecho de que en la mil veces heroica lucha de la humanidad contra la esclavitud, los conservadores esclavistas alegaban que esta no debería de abolirse porque aquello iría en contra a las enseñanzas bíblicas !!! …. Y tenían razón.

Dilema moral: Ante las faltas cometidas por un individuo ¿castigarías a sus hijos, nietos y bisnietos?

No creo que para alguien este sea un auténtico dilema. Este es un básico principio de justicia que sólo a un psicópata se le pasaría por alto. Pero en la Biblia este modo torcido de impartir justicia es bastante standard. Desde la narrativa de Adán y Eva, a quienes se les pone una trampa para que fallen y luego se les impone un castigo que se transmitirá a toda su descendencia, hasta las genocidios de los bebés en Sodoma y Gomorra, la maldición a la descendencia de Cam y otros casos por el estilo, encontramos esa afición por castigar inocentes. Consideremos Exodo 20:5.

5  No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso. Cuando los padres son malvados y me odian, yo castigo a sus hijos hasta la tercera y cuarta generación.

No es Moisés, no es Abraham ni el sórdido David quien está hablando. Es el mismísimo Dios quien muestra una moral y sentido de justicia más torcidos que el báculo papal. O tal vez debamos atribuir el desacierto a un inspirado y anónimo autor de la Biblia, creador de religiones, castas y privilegios.

Y así, el Antiguo Testamento está lleno de asesinatos, violaciones, abusos, crueldad, incesto y otras gemas de inmoralidad humana, ordenados o cohonestados por Dios y sus “representantes” en la Tierra. Es comprensible que la Iglesia Católica más convencional trate de soslayar el Antiguo Testamento y se concentre más en el Nuevo. Del mismo modo es incomprensible el porqué las ramas católicas conservadoras y las iglesias evangélicas recurran tanto al Antiguo Testamento y nos hablen de Inerrancia Bíblica.

Por supuesto que no faltará quien diga “Pero ese era el Antiguo Testamento y la Ley Mosaica, cosas que vinieron a ser abolidas por Cristo y su nuevo mensaje”.  Y es a la falsedad de esa idea que dedicaré la segunda parte de este post.

Finalizo la mitad de este tema señalando que el simple hecho que los creyentes y apologistas digan “no te fijes en esas partes malas de la Biblia, fíjate en lo bueno” es una admisión implícita de que su moral -y la moral de todos- posee una fuente externa, independiente y frecuentemente en contraposición a la Biblia. La simple acción de juzgar las “Sagradas Escrituras” y decidir cuáles son sus “partes malas” y “partes buenas” a las cuales debemos prestar o no atención, implica que estamos aplicando un criterio moral y ético que ya poseemos antes de abrir la misma Biblia; un criterio humanista y secular.

viernes, 16 de marzo de 2012

Los Orómetros Celestiales


Rodando una tarde de sábado la extendida cuadrícula urbana de un Chicago estival, con una invitada especial a bordo, el minisuv avanzaba hacia un nuevo restaurante colombiano descubierto. Nuevo para nosotros, debo añadir, que lo más probable es que tenga ya sus buenos abriles de estar ahí.

Ella, la invitada, es doña Julia, excelente ser humano donde los haya, pero quien me dará mucho que hablar en las próximas líneas y en los próximos años, dadas sus tremendas contradicciones y su inagotable emanación de material para escépticos roedores.

La conversación ligera avanza con la sucesión de semáforos, hasta que algo en la siguiente esquina capta la atención del ojo y despereza los cerebros. Una pancarta con grandes letras y cuatro camisetas amarillas sacan de lo común el cruce aquel, y aunque no sabemos aún de qué se trata, nuestra conversación ahora es silencio. Un pick-up de esos de tamaño inverosímil se ha detenido en la mencionada esquina y las cuatro banderas de algodón sudado vuelan a la ventanilla; bajar de cabezas, cerrar de ojos, una mano al vehículo y la otra al espacio como si de una antena parabólica que canaliza mensajes se tratara. Al pasar a la par pudimos ver al conductor en la exacta misma posición y alcanzamos por fin a leer el rótulo: “PRAYER STATION  - NEED PRAYER? – STOP HERE” (Estación de Oraciones – Necesita que oremos por usted? – Pare aquí).

“Ayyyy … qué lindo!” – Doña Julia musitó las exactas palabras que yo habría apostado ella diría.

Y es que doña Julia es una cristiana evangélica a ultranza. Si vas a conversar con ella, debes estar preparado para que Dios, Cristo y el Espíritu Santo vengan mencionados a cada momento, aunque el tema sea “sopa de frijoles”. Las inconscientes expresiones idiomáticas que se nos escapan a los demás en modo rutinario, en su boca se vuelven verdaderas exultaciones de fe y piedad.

Cuando está comentando un hecho afortunado, por más pequeño y trivial que sea, doña Julia es capaz de ver a Dios moviendo un dedo y cambiando la realidad para complacerle; así mismo, los hechos desafortunados son pruebas de fe que el creador le está poniendo en el camino. De modo que no hay manera que Dios falle las facilísimas evaluaciones a las que constantemente doña Julia le somete; si cumple, saca 10; si no cumple, saca 10 y si tarda en cumplir también saca 10. Para Dios obtener la medalla de excelencia en la continua evaluación que doña Julia le impone, es alcanzable con simplemente no hacer nada. Como lo pondría Mel Brooks: “It´s good to be God”.

Doña Julia asiste a su iglesia los domingos por la mañana y los miércoles por la noche. Paga su diezmo, se sienta en primera fila y levanta en éxtasis los brazos a la hora de las alabanzas y las oraciones como lo ha hecho durante más de medio siglo. Carga su biblia con orgullo al ir y regresar de su iglesia, pero vaya cosa curiosa, nunca ha leído un capítulo completo del mismo libro. Como la mayoría de sus “hermanos en Cristo” cree que ese amasijo de páginas sagradas que pasea de un lado a otro, está lleno de mensajes de amor y normas morales; no tiene idea del guerrerismo, violencia, intolerancia, racismo, crueldad, misoginia, contradicciones y absurdos que plagan su “libro bueno”. Cree que el mensaje de su pastor es una interpretación resumida pero fidedigna de “la palabra”. Eso sí, tiene su librera llena de volúmenes que sí ha leído, con títulos tales como “Vuélvase un Guerrero de la Oración”, “Lo que Dios Quiere de Nosotros”, “El Aposento Alto”, “Cómo Hablar con Dios”, “Mi Viaje Espiritual” y así por el estilo. Compra y lee ávidamente estos libros que hablan sobre la biblia, pero no lee nunca la misma biblia. Doña Julia no sabe quiénes eran los fariseos o los saduceos, ni qué profesaban, ni porqué tenían conflicto con Jesús de Nazareth; no sabe exactamente qué fue el imperio romano y qué tuvo que ver en la muerte de su redentor y en la posterior expansión de su religión; nunca oyó hablar del emperador Constantino ni del Concilio de Nicea. Doña Julia, como millones de sus hermanos no necesita saber esas cosas; lo único que le basta “saber” es que Cristo se sacrificó por sus pecados para así darle la salvación, y nunca se le ha ocurrido revisar la lógica del asunto.

¿Pero cómo sé todas estas cosas de doña Julia? Bueno, porque soy tal vez la única persona que le reta sus creencias – muy probablemente soy el único que lo haya hecho en toda su vida- y eso me ha dado oportunidad de escarbar un poco esa mente. Conozco tanto a doña Julia también por el ineludible hecho que ella es …. mi suegra.

      - QUE???!!! – Fue mi respuesta cuando pasamos al lado de los rezadores de la calle y ante el “qué lindo!” de doña Julia.

     - ¿Pero cómo es que ellos tienen más poder que cualquier otra persona? ¿Porqué alguien en dificultades necesita acudir a los cuatro intermediarios de la esquina? ¿Es que acaso tienen línea directa o banda ancha al cielo? ¿Quién les otorgó ese poder?– continué.

       - No, ellos no tienen nada de especial – explicó mi suegra – pero es que mientras más gente esté en oración por algo, más fuerza tiene esa oración.

Inmediatamente recordé haberle visto en el pasado, al momento de enterarse que alguien está pasando por dificultades (de salud, financieras, familiares o lo que sea), sacar su celular y comenzar a llamar a sus amigas y al pastor mismo para que “pongan en oración el asunto”. También he presenciado cuando otra “hermana” le llama para que entre al equipo de oradores para otra específica petición. Doña Julia forma parte de una red de oradores que unen fuerzas para tratar que Dios cambie su “plan” y decida modificar el universo de conformidad.

Y por supuesto que también recordé las cadenas de oración y el conglomerar creyentes en estadios con los mismos u otros propósitos, y de los que me entero a través de los medios.

           - Oh, entonces no es más que una cuestión de números – respondí – A Dios lo que le importa no es qué tan humanitario o justo es el aliviar el sufrimiento de sus criaturas, sino cuántas docenas de personas le están solicitando intervención.

Y visualicé la imagen caricaturesca que doña Julia y sus correligionarios proyectan sobre el asunto.

     - Ya me imagino a Dios levantándose en la mañana y entrando a una sala de control donde tiene una pared llena de orómetros – expresé. 

Se me ocurrió de momento eso de los orómetros, como simples medidores al estilo de galvanómetros (sensores analógicos de corriente) con una aguja que se desplaza sobre una escala de “personas en oración”,  desde cero hasta una zona roja que señala el número mínimo que Dios le ha asignado al milagrito en cuestión, para conceder su cumplimiento. Cada asunto puesto en oración tiene su orómetro, y a Dios le basta revisar cuánto marca cada uno de ellos para tomar su decisión:

- “Veamos…. por la enfermedad de doña Panchita,… no, aún le faltan 8 personas más en oración”

- “Por el negocio de don Eustaquio .… bien, ya alcanzó las 20 personas requeridas … concedido!”

- “Por el examen de matemáticas de Juanito …. no, todavía no alcanza …. un momento, el pastor de la iglesia está sumándose en este instante, y ese vale por 10 puntos … oh! Concedido!”

- “Qué veo! Un náufrago solitario en mitad del océano pacífico me pide por su vida… qué pena, el requisito es 5, pero él sólo es uno… qué pena!”

- “Oh, millones de cristianos, liderados por miles de pastores y políticos republicanos (tan santos unos como otros) me piden que pierda Obama en las próximas elecciones y así deshacer la reforma de salud, desfinanciar la educación y la investigación, eliminar impuestos a los millonarios y subirlo a los consumidores e incrementar el gasto militar para ir a hacer más guerras… ejem, tal vez se los conceda en premio al fervor con que proclaman conocer mis deseos y mi mente, o tal vez no por proponer exactamente lo contrario a lo que mi hijo propuso”.

En el otro vestidor está pasando exactamente lo mismo. Solución: un orómetro diferencial.
Se me ocurrió que hay un tipo especial de orómetro para atender las peticiones mutuamente excluyentes cómo las guerras, las batallas y los encuentros deportivos. Cada bando pide la victoria para sí y la derrota para el contrario. En este caso la posición inicial de la aguja es en el medio de la escala y hay un bando a cada lado; la decisión entonces la toma Dios con base a qué lado empuja más la agujita. Los países, ejércitos y equipos deberían de olvidarse del entrenamiento y dedicar más esfuerzos en reclutar buenos y numerosos rezadores.

-“Pero qué tenemos aquí! Los Broncos de Denver se enfrentan a los Bears de Chicago, igual número de oraciones por cada lado. Ah pero los Broncos tienen a mi quarterback favorito ( Tim Tebow)… decreto victoria para los Broncos! … El porqué no podrán contra los Patriots quedará como un ejemplo de que yo actúo en modos misteriosos.”

-“ … Oh, le están cortando el cuello a niños en Darfur sin que yo me dé ni cuenta! … Bueno, me distraje viendo un partido”.

Dios asigna orómetros a cualquier tipo de enfermedad con la seguridad que toda recuperación le será atribuida a su actuación misericordiosa. Pero por alguna razón Dios no dispone de orómetros para el caso de las amputaciones. No importa que sea la mismísma doña Julia, el pastor o los candidatos republicanos a la presidencia, acompañados de los siete billones de personas que habitan el globo, quienes se sumen a una jornada de oración por el recrecimiento de un miembro amputado. No hay nada que hacer, Dios no sana miembros amputados.

Ya estábamos en el restaurante y le hice ver a doña Julia que la caricatura que acababa yo de pintar, no era más que un “reductio ad absurdum” que me permite desnudar las falacias y superstición tras este concepto monetizado de la oración. Que únicamente lo hago para empujar la conversación hacia el grano y escuchar la argumentación por un dios merlinesco y comerciante de milagros a cambio de oraciones. Doña Julia me expresó que estoy completamente equivocado en mi caricatura, pero no me supo explicar cómo es en realidad el sistema. No supo explicar el porqué recluta oradores ante una necesidad, o el porqué le otorga más peso a una oración del pastor o de la “hermana” Gregoria, quien dice hablar todas las noches de viva voz con Jehová. Doña Julia no me explicó por qué le valió más al conductor del pick up parar en la “prayer station”, que ir a su casa y encerrarse en su cuarto a dirigir su sincera oración, como debería hacer según Mateo 6:5-6.

"Concedido!... Denegado! ... Concedido! ... Denegado! .... Vamos, más fe y oraciones!"
Y es que, devaneos socráticos aparte, estoy convencido que este tan traído asunto de la oración no tiene mucho que ver con comunicación telepática con un ser superior que controla el universo. Esto tiene que ver con la relación entre creyentes y el reforzamiento mutuo de la misma creencia. Si alguien cede a las débiles presiones de la razón, encontrará que la vida se compone de pequeños momentos buenos y pequeños momentos malos, de grandes golpes providenciales y grandes tragedias; enfermamos y nos recuperamos porque vivimos inmersos en un ambiente patogénico y poseemos evolucionados sistemas inmunológicos; encontramos empleo y lo perdemos porque navegamos en turbulentas aguas económicas y poseemos destrezas que nos ayudan a sortearlas o no. Cosas buenas y malas pasan a diario también en Suecia, Japón o el Tibet, donde pocos oran a un dios personal. Cosas buenas y malas pasan en el medio oriente donde se ora a otro dios (si, otro que es uno y no trino, y que no envió un hijo sino un profeta). La red de oradores a la que doña Julia pertenece, cumple más una función de sesgo confirmativo colectivo, porque las más de las veces las pequeñas enfermedades remitirán y los desempleados encontrarán empleo, dejando a todos convencidos del “poder de la oración”, o del “plan de Dios” cuando la realidad es contraria a los deseos.

Acepto que la oración realizada como ejercicio de introspección privada y personal, al igual que la meditación tántrica o el simple reposo en pacíficas aguas de pensamiento, puede ser terapéutico y beneficioso. Pero eso es muy distinto a este otro tipo de oración extrovertida y tribal, instrumento efectivo de autosometimiento a la dominación social que las iglesias de toda orientación ejercen. Este es el policía al interior de cada individuo, que ni siquiera la dictadura más orwelliana ha logrado implantar para supervisar y reafirmar la pureza ideológica (bueno Corea del Norte ha andado bastante cerca).

Una creencia en solitario no tiene muchas probabilidades de subsistir, pero cuando hay apoyo de grupo, la cosa cambia. Sería maravilloso que algo como “La Fuerza” existiera en realidad afuera de la imaginación de George Lucas, y tener la convicción que sólo es cuestión de entrenamiento para que los sables laser vuelen hacia mis manos. Si estoy completamente solo en ese retorcida cognitiva, el enanito de la razón gritará y se devanará en mi interior hasta que le preste atención o me den tratamiento psiquátrico. Pero si mi delusión de maestro Jedi es compartida por docenas, por miles o millones de otras personas, el sesgo confirmativo grupal y el intercambio de anécdotas insoportadas hará que todos reforcemos nuestra creencia y sepultemos la tenue voz racional al interior de cada conciencia. Podremos entonces comenzar a odiar a los no creyentes y acusarles de trabajar para el “lado oscuro de La Fuerza”. La única diferencia que existe entre locura y religión es el número  de sus adherentes.

Tuve que repetirle que no pretendo haber encontrado la verdad; sigo buscándola, y por eso soy escéptico. Cuando discuto estos temas con doña Julia o cualquier otra persona religiosa, no lo hago con el fin de incomodar, lo hago porque en realidad estoy interesado. Vamos! si existe un Dios que, a pesar de ser omnipotente y omnisciente, le importan mis anhelos, pero necesita de mis oraciones para darse cuenta de ellos y de mis alabanzas para ser feliz, yo estoy interesado en conocer de ese ser para comenzar a darle con fervor lo que pide (y hacerle unas preguntas al respecto). Pero antes necesito que me expliquen y justifiquen ese asunto. A eso quiero llegar cada vez que molesto y discuto. Por eso acepto contento cuando me invitan a “estudios bíblicos” y asisto hasta que ya no me soportan. Pero hasta ahora, las únicas respuestas que recibo de los creyentes es “eso es cuestión de fe” o “eso se siente en el corazón”. Y concluyo entonces que no tienen una buena razón para creer, solamente deseos de creer.

La plática debe haber estado tan animada que no recuerdo si lo que comí fue Sancocho o Bandeja Paisa. Al final, como solemos hacer, suavizamos la discusión con un poco de humor y con mi usual “perdóneme suegra, sólo hago esto porque estoy en busca de la verdad”. Y ella cerró definitivamente la discusión con un “voy a seguir orando por ti, para que encuentres esa verdad que yo ya encontré sin buscar”, convencida de mi arrogancia y su humildad (vaya ironía).

No pude ya el resto de la tarde dejar de pensar en los Orómetros Celestiales… ni en el flan de guayaba y queso.

miércoles, 25 de enero de 2012

El Dilema de Eutifrón. Y el porqué la brújula moral secular apunta firme hacia el norte


Sócrates metiendo en tremendo dilema a Eutifrón
“Si no existe un sistema de juicio y compensación después de la muerte, entonces ¿qué nos detiene para empezar a robar, matar, engañar, abusar, etc?”

Esa es una pregunta, probablemente retórica, que alguien a quien conozco desde hace tiempo me lanzó uno de estos días.  Esa es una pregunta a la que conozco también desde hace mucho tiempo. A veces se formula en términos más teísticos: “Si yo me enterara que Dios no existe, entonces yo estaría todo el día matando, robando, violando y abusando a los demás”.

Y como prometida fue una respuesta on line, entusiasta es el cumplimiento ante un supuesto “conundrum” que muy frecuentemente se nos lanza a los no creyentes.

Comienzo por decir que la interrogante es una frivolidad en el mejor de los casos, y una perversión en el peor. Estamos ante uno de esos asuntos en los que existe una generalizada aceptación de un espejismo, que se mantiene allí entre nuestras percepciones, más por déficit de escrutinio que por validez.

La frase es una aceptación, es una confesión, de que se es intrínsecamente inmoral y que el único arnés que nos impide dedicarnos a esparcir sufrimiento y abuso a otros seres, es el temor a un castigo o la ambición de un premio. ¿En serio?¿de verdad eso es lo que creen?!! El ser humano sería la peor especie que jamás haya aparecido sobre la faz de planeta alguno si eso fuera cierto. Yo quisiera creer que la mayoría de personas que esgrimen o dan este argumento como válido, lo hacen porque no le han puesto mucho pensamiento al mismo. Yo no creo que mi vecino me perdone la vida cada día sólo porque le tiene miedo a un castigo. Tampoco creo que la gente que ayuda a otros seres humanos lo haga a cambio de un pase al paraíso, si bien yo me sospecho que hay más generosos obligados que criminales restringidos.

Yo no creo que mi amiga me esté diciendo la verdad. Le conozco y he presenciado el aflore genuino de su compasión ante el sufrimiento ajeno y la espontánea ternura ante niños y cachorros (por traer un ejemplo). Le he visto conmoverse ante el infortunio ajeno e indignarse ante las injusticias.

- Mira, ahí dice "no matarás" - Y nosotros creíamos que esa era una buena idea!
Pero entonces ¿por qué la gente cree que somos sólo individuos y sociedades desprovistos de capacidad de evaluación moral, y por tanto sumamente necesitados de que dicha moral nos sea dictada desde arriba por un ser o sistema superior, bajo una explícita amenaza? Pues me aventuro  a pensar que son las religiones y sus efectivos métodos de lavado temprano de cerebro, las que así nos han enseñado a creer. La religión y su vieja estrategia: hacerte creer que eres un ser naturalmente malévolo, destinado al castigo eterno, pero que ellos y sólo ellos te pueden curar y salvar, a cambio de una módica cuota pecuniaria (que es lo de menos) y de una completa sumisión e hipoteca de tu intelecto (que es lo de más).

Además de que ser criminal no está en la naturaleza de la mayoría de seres humanos y es más bien una desviación patológica, existen poderosas razones completamente pragmáticas y seculares por las que los seres humanos preferimos la solidaridad y cooperación sobre la agresión y el conflicto. Nadie querrá vivir en una sociedad donde cada quién puede matar o robar impunemente, porque la oportunidad de ser víctima llegará más rápido que la de ser victimario. El resultado lógico y matemático de un sistema así es un solo superasesino sobreviviente, el cual morirá también devorado por una bestia, atacado por una enfermedad o con una pierna rota sin que haya nadie que le ayude en su desgracia.

Las sociedades primitivas deben haber tenido bien claro que con la cooperación, solidaridad y confianza mutua, todos ganaban. Si existió algún clan o tribu que por alguna razón cayó en una vorágine de violencia autodestructiva, ese grupo de personas desapareció sin dejar descendencia, por las razones apuntadas. Las tribus que sobrevivieron y transmitieron su genética, fueron precisamente aquellas que desarrollaron la cooperación necesaria para cazar animales físicamente superiores, para construir edificaciones, para cultivar la tierra. Sobrevivieron sólo aquellas sociedades que entendieron el valor de los ancianos como transmisores del conocimiento acumulado, y de los niños como la única oportunidad para dar continuidad al “cosmos” de cada tribu. Los clanes deben haber entendido el gran negocio existente en la cooperación.

Y resulta hasta incorrecto pensar que este proceso de incorporación de la cooperación como valor social es un fenómeno desarrollado por el homo sapiens. Basta mirar las especies gregarias, particularmente las más cercanas al linaje humano. Bonobos y chimpancés viven en sociedades altamente organizadas alrededor de la ayuda mutua, los primeros más dedicados al placer y los segundos un tanto más conflictivos, pero aún así con una dinámica social que en general favorece la subsistencia de la “tribu”, sin necesidad que una entidad superior les escriba en piedra la prohibición de matarse entre sí.

Seguramente hemos llegado al presente como especie, gracias a que fuimos desarrollando atributos que resultaron ser ventajosos para prosperar sobre la faz de la Tierra. Así como el bipedalismo libró nuestras manos y desarrolló nuestra inteligencia, el saber cooperar con nuestros semejantes fue también un elemento clave del éxito. Aquí es importante señalar un interesante detalle: ese tipo de cooperación y sentimientos de amor, lealtad y pertenencia siempre fueron un movimiento hacia dentro de cada grupo. Las tribus externas no fueron objetos de ese “amor al prójimo”. El exterminio y sometimiento de grupos externos siempre fue una característica del proceder tribal más primitivo y lo continuó siendo durante toda la historia mientras las tribus se convertían en ciudades estado, regiones y ahora han llegado a ser países. Puedes sentir ese tribalismo moderno cuando se te exige una visa para poner los pies en un territorio que no es el de la “tribu” en que naciste.

Al nacer la cultura en medio de las sociedades humanas, apareció también la estructura del poder y con ella la estructura religiosa como elementos cohesivos y coercitivos sociales. En un paso completamente justificado y hasta necesario hacia la civilización, las naturales tendencias hacia la cooperación y solidaridad entre seres que se necesitan, fueron transformadas en reglas, leyes, mandatos y mandamientos divinos, por el poder político y el poder religioso, usualmente bajo la amenaza de severos castigos. La reglamentación es justificada y necesaria debido a que siempre nacerán psicópatas y desviados a los que toda sociedad necesitará controlar.

Pero el tribalismo también encontró el modo de traducirse en mandatos de lealtad y compromiso de sacrificio hacia el rey, para protegerse de las tribus vecinas y también para atacar a esas tribus vecinas. El derecho civil y divino de cometer genocidio contra otros, despojarles de sus pertenencias y someterles a esclavitud fue ampliamente cohonestado por la ley y la religión – léase la Ilíada como ejemplo griego, o el Exodo, Números, Deuteronomio, Josué, como ejemplo hebreo. De pronto tenemos dioses que a la par de prohibir matar y robar, también ordenan el genocidio y saqueo de ciudades como Jericó, donde los bendecidos guerreros son enviados a no perdonar la vida tan siquiera de bebés y a tomar a las niñas como esclavas de por vida (lo que incluye violación permanente). 

Creemos que nos comportamos bien porque así se nos ha ordenado desde “arriba”. Creemos que de ese “arriba” sólo puede venir lo moralmente correcto, sin percatarnos que de esa misma fuente (que no es ningún “arriba” sino la colección de mitos de sociedades patriarcales del pasado) provienen los mandatos más inmorales que se hayan puesto por escrito. No nos damos cuenta que cuando reconocemos los lunares feos en los libros sagrados, hacemos excusas por ellos (“es que esos eran otros tiempos!”) y corremos a señalar las partes verdaderamente piadosas, lo que estamos haciendo es aplicar nuestra moralidad, obtenida en cualquier otro lugar, sobre el texto sagrado mismo.

¿Dónde está en realidad la base de nuestra moralidad?

Esa es una pregunta que ni por cerca me estoy inventando en este momento. Ya en el diálogo de Platón, titulado  “Eutifrón”, Sócrates le pregunta al personaje con ese nombre: “¿es el pío amado por los dioses porque es pío; o es pío porque es amado por los dioses?”. En otras palabras: “¿lo que es moralmente bueno es mandado por los dioses porque es moralmente bueno; o es moralmente bueno porque es mandado por los dioses?”. En otras palabras aún más sencillas: “¿es Dios un simple administrador de la moral, que proviene de una instancia por encima e independientemente de él; o es un dictador de la moral con la facultad de inventársela a capricho?”.

(Un esbozo del diálogo de Sócrates con Eutifrón puede ser leído aquí.)

Cuando pensamos que estamos desprovistos de brújula moral, y por tanto ésta debe dictársenos desde arriba, estamos ni más ni menos ante el Dilema de Eutifrón con todo y su real dicotomía. En la primera vertiente del dilema Dios ordena “no matar” y “no robar” porque esos son principios morales que se encuentran sobre sí mismo y son independientes de su propia conciencia o existencia, de modo que Dios elige ser moralmente correcto ordenando cosas moralmente correctas, o puede elegir ser inmoral. En la segundad vertiente, cualquier cosa que ordene Dios debe ser moral porqué él así lo ordena arbitrariamente. Dios pudo elegir ordenar “mataos y robaos los unos a los otros”, y eso sería completamente moral por definición; cualquiera que mostrase compasión sería una persona inmoral. 

El pastor de la iglesia de mi esposa se colgó de este segundo cuerno del dilema de Eutifrón, cuando una noche de estudio bíblico le lancé a quemarropa lo siguiente: “Imagina que eres un polaco no judío en plena segunda guerra mundial. En el sótano de la casa vecina se esconde una familia judía y tú lo sabes. Una tarde tocan a tu puerta, abres y es la Schutztaffel (SS) con un escuadrón de sturmtruppen, preguntándote si conoces de algún judío que pueda estar escondiéndose en las inmediaciones. ¿decidirías mentir para proteger la vida de los desafortunados judíos, o preferirías faltar al octavo mandamiento de “no mentirás”?”

¿Qué creen ustedes que el pastor me respondió? (se aceptan apuestas).

El flamante pastor que semana a semana se para delante de su rebaño a dar lecciones de moral le respondería al comandante nazi: “señor, en el sótano de esa casa de enfrente se esconde una familia judía ”, porque eso es lo que manda Dios y eso es lo que le agradaría que hicieramos. Menos mal que algunos cuantos miles de vidas fueron salvadas en esa y otras guerras, gracias a que hubo gente con una brújula moral muy superior a la del pastor que le da lecciones a mis hijos. A eso yo le llamo la Teología de la Idiotización, y la dejo como carnosa comida para un futuro post.

Yo por supuesto que me cuelgo del primer cuerno del Dilema de Eutifrón. Existe una moralidad objetiva, existen principios universales de lo que es correcto, independiente de la existencia de dioses o no. Y tengo que clarificar que en ningún momento estoy hablando de conceptos tan culturales y relativos como la “moralidad” sexual, puesto que es absurdo elevar a la categoría de moralidad lo que pertenece al campo de la biología y la psicología. Hablo de la moralidad que tiene que ver con no causar sufrimiento innecesario a otros seres, con respetarles el derecho a la vida, el derecho al producto de sus esfuerzos, el derecho a la libertad, a no ser abusado. Esos son conceptos de moralidad universal, que no están sujetos a interpretaciones culturales. Matar y robar debe también ser inmoral en una galaxia a 13 mil millones de años luz, puedes apostarlo.

Por tanto, no querida amiga, tu no saldrías a la calle a matar y a robar el día que sepas que no hay “premios y castigos”, que no hay celestiales tribunales impartidores de justicia. Este servidor y cientos de millones de no creyentes en el mundo estamos casi ausentes de las estadísticas de criminalidad. Cuando percibes esta vida como la única franja de conciencia que el universo te otorga, ella se vuelve demasiado valiosa como para gastarla en conflictos y odio; más vale entonces hacer de esta joya (la vida) lo más agradable posible, para ti y los demás.