Yo no moriría nunca por mis creencias porque puedo estar equivocado

- Bertrand Russell

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Epistemología, corazón del escepticismo.

La epistemología es aquella rama de la filosofía que trata sobre el conocimiento o saber. ¿Qué es conocimiento?, ¿cómo adquirimos ese conocimiento? y ¿cómo sabemos lo que sabemos? son las principales preguntas sobre las que la epistemología trabaja.

Vamos por la vida “sabiendo” algunas cosas y desconociendo otras. Nos gusta saber, y a veces hemos pagado cierto esfuerzo intelectual por lo que sabemos. En otras ocasiones nuestros trocitos de saber han sido de fácil adquisición, bastó sólo con prestar atención. Es bueno saber, y existe un  mínimo de saber que es requisito para empujar nuestras vidas hacia adelante.  A veces confundimos saber con creer y creer con saber, al punto que ambos conceptos se vuelven indistinguibles. Basta que una creencia nos reconforte, nos haga sentir seguros y nos ayude a afrontar profundos temores, y entonces procedemos a aupar esa creencia en el pedestal del saber; actitud no del todo injustificada, como veremos.

Nos gusta saber y nos gusta estar seguros que lo que sabemos o creemos es cierto. Pero ¿hasta qué punto podemos estar seguros de lo que sabemos? ¿somos lo suficientemente honestos con nosotros mismos para reconocer que no siempre podemos estarlo?

Y es que  cualquier percepción que tengamos sobre la realidad que nos rodea, debe pasar por los imperfectos filtros de nuestros sentidos. Poseemos ojos que perciben en una estrechísima banda del espectro electromagnético y a una corta distancia; poseemos olfato, gusto, oído y tacto que se encuentran entre los peores entre todo el reino animal; poseemos un cerebro que “llena entre los espacios” de líneas entrecortadas, encuentra caras en el pan tostado y en la superficie de Marte, e imagina entidades tras las ramas que mueve el viento. Un cerebro evolucionadísimo al que se le han quedado cortos sus órganos sensoriales, convirtiéndolo en prisionero de autoengaños y espejismos; un cerebro al que se le haría extremadamente difícil distinguir entre la realidad y un mundo virtual de sensaciones proporcionado por una "matrix" (sí, la de la película).

Dioses del Olimpo. La realidad irrefutable para la mayoría de griegos antiguos
No podemos estar seguros de mucho. Que la tierra es plana debe haber sido un hecho muy convincente para alguien viviendo hace varios siglos alejado del mar; la observación con sus sentidos apuntaba a esa conclusión. Los preconceptos culturales son igualmente poderosos en la aceptación de verdades, tal sería el caso de un griego en la antigüedad, convencido que su vida es manejada por un grupo de dioses desde el Monte Olimpo. Ahora sabemos que se equivocaban. ¿En cuántas cosas nos estaremos equivocando en la actualidad? Y de nuevo: ¿cómo podemos estar seguros?

Responder esas preguntas requiere entender el grado de incerteza de cada pieza de conocimiento. En un extremo tenemos los teoremas y enunciados matemáticos y lógicos, para los cuales podemos elaborar pruebas. Así, la afirmación 2+2=4 es demostrable y podemos estar 100% seguros de su valor de verdad, no solo aquí y en China, sino aquí y en cualquier parte del universo. Pero la matemática y la lógica son las ramas más puras de la ciencia y por ello nos ofrecen esos altísimos niveles de certidumbre; para todo el resto del saber existe siempre algún nivel de incerteza. Es así como es percibido en la ciencia el conocimiento. Desde la gravitación, hasta la mecánica cuántica, no podemos hablar más de “pruebas” sino de EVIDENCIAS que vayan más allá de la duda razonable. Nunca hemos visto una foto de nuestro planeta en su posición con respecto al resto de la galaxia, pero tenemos fuertes evidencias y datos para figurárnoslo. Nadie estuvo presente para contemplar el Big Bang, pero los datos que del universo podemos obtener, evidencian su ocurrencia y edad (13.7 mil millones de años). ¿Hay prueba? NO. ¿Hay evidencias? SI.

Pero la ciencia está en paz con la epistemología. Quien entiende la ciencia sabe que en ella se trabaja con esas incertezas, desechando las hipótesis que no son respaldadas por la evidencia y aceptando aquellas que sobreviven a las tormentas inquisitivas del método científico.

Evidencias para la corte
Fuera de la ciencia también existen batallas que se libran para dilucidar la verdad. En las cortes penales, cuando los casos comienzan con una inicial contraposición de la palabra del acusador contra la palabra del acusado, entra en pleno juego la exposición de evidencias y contra evidencias para dirimir los casos. Ante un asesinato, no basta con agarrar al primero que va pasando por la calle y acusarlo; es necesario demostrar su culpabilidad con evidencias que vayan más allá de la duda razonable. Encontrar sus huellas dactilares en el arma y las marcas de balística que asocien esta última con el proyectil alojado en el cuerpo de la víctima, serían buenas evidencias para comenzar. Pero aún en el caso en que sean encontradas evidencias adicionales a éstas y que el mismo acusado confiese haber cometido el crimen ¿podemos tener el 100% de certeza que así ocurrió? … Eh… francamente no! El acusado podría ser víctima de una perfecta conspiración o podría padecer de un nivel de demencia que le haga creer haber cometido el crimen. Es un escenario muy poco probable, pero no es imposible.

El nivel de evidencia exigible ante las aseveraciones que escuchamos depende de la plausibilidad de las mismas. Si un compañero en el trabajo me dice que en su casa tiene un gato angora, no veo razones por las cuales no creerle ni porqué exigir evidencias de ello; tengo suficiente previa evidencia de que los gatos angora existen y que los dueños de gatos angora también, y no sería extraordinario que mi amigo sea uno de ellos. Pero si en otra ocasión a mi amigo le cuento que lo que yo tengo es un dragón invisible en mi garaje, entonces aquél tiene razón de sobra para no creerme y exigirme evidencias para cambiar de parecer. “Aseveraciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias” popularizó Carl Sagan con mucha razón.

Con todo y lo sencillo que es comprender estos conceptos, históricamente hemos presenciado cómo los seres humanos transitan sus vidas acarreando creencias que no tienen ningún soporte en la evidencia. Que la Tierra era cargada por una gigantesca tortuga y era el centro del universo; que los dioses del Olimpo; que la serpiente emplumada; que el poderoso martillo de Thor; que las 72 vírgenes en el paraíso para los mártires de la guerra santa; que los chakras; que el chi; que la reencarnación; que Adán y Eva; que el arca de Noé; que el fin del mundo venía el 21 de mayo de este año; que un dios omnipotente y antropomórfico crea todo un universo y unas criaturas con el sólo propósito que estas últimas concursen en un reality show para ganar el derecho de alabarle por siempre y evitar la tortura eterna; que el modo idóneo que ese dios encuentra para comunicarse con sus criaturas es dictarle un libro sagrado e inerrante a los patriarcas de una tribu del desierto en plena edad de bronce; que un día nos levantaremos y presenciaremos un ejército de ángeles descendiendo para que pasemos a ser juzgados. Todos ellos son clamores insoportados por la evidencia y la razón. Y sin embargo, contrario a lo que sucede con las hipótesis científicas, sus seguidores han afirmado siempre tener el 100% de certeza en tales creencias.

Mucho se ha escrito sobre las razones por las que la gente sostiene creencias infundadas. Yo me quedo con lo que denomino “borrachera cognitiva”. Parecemos pensar “mi creencia me hace sentir especial, me da una sensación de certeza, le da sentido y  propósito a mi vida, le confiere autoridad moral a mis opiniones y en últimas consecuencias me hace feliz. A este punto, que mi creencia carezca de asideros de evidencia es completamente irrelevante, lo que importa es que soy feliz con ella”.

"La píldora roja te hará abrir los ojos, la azul te hará seguir durmiendo"
Y es del todo comprensible. La felicidad es una joya preciada, algo por lo que vale la pena luchar y hasta hacer trampa ¿no? Aparentemente no hay nada atractivo en la sobriedad del escepticismo y su insistencia en la dura y objetiva realidad, comparada con los sentimientos embriagantes de las experiencias religiosas  y espirituales ¿no es así?

Por supuesto que se puede ser feliz como resultado de un engaño. Cuando era adolescente me hacía feliz el pensar que en cualquier momento Oxalc1 establecería contacto telepático conmigo desde Ganímedes y ahí comenzaría mi misión redentora de la humanidad. Pero ¿había algún trazo de realidad en esa expectativa o era simple borrachera cognitiva?  Más tarde en mis veintes, me habría hecho muy feliz creer y estar convencido que Angelina Jolie estaba enamorada de mí, y elevar esa creencia al pedestal de la fe, porque al cabo lo que importa es ser feliz ¿no? [esposa mía, si estás leyendo esto te aseguro que esa ilusión ya no me parece atractiva en la actualidad y que eres uno de esos extraños casos en que la realidad supera la fantasía - te lo aseguro (gulp)]. Pero de nuevo ¿qué de cierto hay en esa fantasía embriagante?

Lo irónico del caso es que muchos reirían ahora conmigo sobre lo de Oxalc y Angelina, pero serían incapaces de someter sus propias fantasías ideológicas y religiosas a un honesto escrutinio factual.

Paro algunos, sin embargo, llega a un momento en la vida en el que se descubre el valor de la verdad como una joya más preciada y profunda que los retazos de felicidad circunstanciales y siempre finitos. Procedemos entonces a elevar los estándares para la información que pasará por nuestros sentidos. La fe deja de ser virtud y se desnuda como vicio. Los testimonios anecdóticos de primera y segunda mano comienzan a perder valor pues reconocemos que el ser humano es excelente para engañarse a sí mismo y mejor para engañar a los demás. Entendemos entonces que la posición por default ante una aseveración extraordinaria es el escepticismo, hasta que la parte proponente ponga sobre la mesa las evidencias irrefutables de sus clamores.

Cuando aplicas entonces escepticismo y racionalidad en todas las facetas de la cognición humana, aparece una recompensa inesperada, descubres que hay grandeza en esta visión sobria del cosmos. Paladeas la honestidad intelectual en su máxima expresión: la honestidad ejercida ante ti mismo. Descubres entonces que nada, ni siquiera las más reconfortantes y reasegurantes fantasías, saben mejor que la integridad de tu intelecto.

Tengo un amigo teólogo, muy liberal y versado, con el que en todo estamos de acuerdo, excepto en religión. En una discusión me argumentó que para él la exigencia de evidencias es una restricción injustificada, que deberíamos liberarnos de la "tiranía de la evidencia" y aceptar otro tipo de criterio en la búsqueda de la verdad. 

- Como qué?- pregunté yo.
Una encogida de hombros obtuve por respuesta.
- Como qué? - yo de nuevo.
- No lo sé! - contestó él.

Y de no ser por una interrupción externa, creo que habríamos nombrado el concepto que mi amigo propondría. Me aventuro a pensar que sería algo como "corazonada", "intuición", "sexto sentido", "inspiración", etc.

En tal caso, puedes tu imaginar una corte condenando al acusado porque el jurado tuvo la corazonada de que esa era la realidad? O una aerolínea confiando la manutención de sus aviones al mecánico de la esquina porque el "sexto sentido" de alguien así se lo indica?

Por algo el ser humano se vuelve increíblemente frío y racional en esos casos en que se juega la vida (o hasta el dinero), aunque pueda permitirse embriaguez en los campos más intangibles. Pero, si puedo ser sobrio en algo, porqué no serlo en todo?

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1: Oxalc fue el extraterrestre más popular y memorizado por los seguidores de Sixto Paz Wells en los años setentas, debido tal vez a haber sido el primero en comunicarse telepáticamente con éste desde Ganímedes, o tal vez por ser uno de los más marchosos, o tal vez por tener un nombre difícil de olvidar. Por cierto nunca hubo evidencias de Oxalc, pero sí las hubo de la tremenda inhospitalidad de las lunas de Júpiter.

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