Yo no moriría nunca por mis creencias porque puedo estar equivocado

- Bertrand Russell

lunes, 30 de abril de 2012

Sesgo Confirmativo


Coloqué un paquete de café espresso como cereza sobre la carretilla de supermercado. Ese último ítem no estaba en la lista de compras pero sí en la de terrores, tal es lo que me causa la posibilidad de levantarme una mañana y descubrir su ausencia. Me apresuré a la zona de cajeros, ansioso por terminar este deber hogareño que no se encuentra entre mis predilectos. Ocho cajas con sus cajeros activos, y el ojo comenzó un escrutinio rápido para reconocer la línea más corta y con carretillas menos pródigas. La encuentro y me afirmo al fondo de esa prometedora línea con mi tarjeta de débito en mano y mis dedos dispuestos a bajar la marca de los 7 segundos que me toma deslizar la banda magnética, digitar el PIN, responder que no quiero “cashback” y oprimir un final “yes”. 

Cuando me faltan dos personas para llegar a la  caja, observo lo llenas que están las filas ese día; sin proponérmelo me percato de un individuo con peinado ridículo y una señora conspicuamente voluptuosa que se acaban de allegar a dos de las filas más desesperanzadoras. Pobres! - pienso -  tienen como 7 u 8 personas por delante!

Me falta solo una persona para pasar la aduana hacia la libertad, cuando una serie de acontecimientos empiezan a desarrollarse en esa caja de mi línea. La señora compradora pregunta algo sobre uno de los productos que está llevando; discute por largo rato sobre el asunto hasta que la cajera levanta la cara, abre un micrófono, llama a alguien, pero “alguien” no aparece, entonces es la cajera quien desaparece. Los segundos se hacen minutos y regresa la cajera con “alguien” quien se va con el producto hacia el interior del supermercado, supongo que a cambiar la lata o algo parecido. Más segundos, más minutos y ya trae otra lata. La señora compradora habla y habla sobre el resto de su compra como si el pagar en caja de supermercado fuese una actividad social. Espera hasta el último momento en que le muestran el total que debe cancelar para - ¡hasta entonces! - comenzar a excavar su bolso, del cual saca hasta cocodrilos (o esa era mi percepción en el suplicio de ser devorado por las llamas de la impaciencia). Mientras barajea tarjetas plásticas, encuentra una en la que le marcan unos puntos por las compras que hace (y los que yo siempre desprecio porque prefiero un minuto de mi tiempo a un millón de ellos). Luego de esa interminable operación en la que la señora pide saber cuántos puntos lleva, cuántos agregó en esa compra y cuántos le faltan para ganarse una sartén, decide con monástica calma comenzar a escribir un cheque (y a buscar un bolígrafo en el fondo de su bolsón). Observo entonces con indescriptible envidia cómo un ridículo peinado y una figura conspicuamente voluptuosa, atraviesan la puerta con el rótulo de “EXIT”, y cómo hasta quienes estaban tras ellos ya recogen sus bolsas de la banda.

Y mientras “mi” cajera revisaba y escrutaba el cheque que le acababan de entregar, realicé que este no era más que un nuevo episodio de algo conocido como Las Leyes de Murphy. Eso es. Me estaba topando de nuevo con la Ley de Murphy para las filas, la misma que opera cuando voy en el freeway (que aquí en Chicago se llaman “expressway”) en el viscoso tráfico del viernes por la tarde, y observo que hay un carril que se mueve un poco más rápido; lucho por cambiarme a ese, pero cuando lo logro, se paraliza por completo y es precisamente la línea de donde vengo la que empieza a moverse rápido.
“La Ley de Murphy se confirma!”- pienso siempre.

Para el momento en que fui atendido, pensé que el del pelo ridículo y la señora voluptuosa debían estar ya 
en su casa sentados en un sillón y rascándose la barriga.

No dejé de rumiar mi derrota de haber escogido la fila más corta para caer en la boca del lobo más parsimonioso imaginable. Tampoco dejé de reafirmar mi fe en las Leyes de Murphy como innegable misteriosa fuerza que gobierna nuestros destinos!... ejem, bueno ya en serio … no es cierto. Para entonces caminaba ya la senda del escepticismo y andaba tratando de aplicarlo a cada resquicio ideológico personal, a cada prejuicio, a cada preconcepto, a cada rasgo cultural.

Pero la desazón de haberme metido a la línea más pachorruda comenzó a desaparecer cuando ya estaba en mi casa sentado en un sillón rascándome la barriga … y aquello pasó a convertirse en prometedor tema de conversación para la próxima reunión social.

Y sí, la Ley de Murphy es aquella simpática observación que a todos nos da la impresión de ser válida, porque todos percibimos que hace parte de una extraña coincidencia fatídica en pequeño monto, pero que al final del día nos retribuye con carcajadas en las conversaciones.

Pero este post no se trata de las Leyes de Murphy (tampoco de comportamiento incivil en los supermercados). Las utilizo sólo para exponer el mecanismo cognitivo que las hace posibles: el Sesgo Confirmativo, Sesgo de Confirmación o Confirmation Bias (in English).

Lo que en realidad sucede, es que sobre asuntos en los que ya tenemos una idea preconcebida, una opinión, una ideología, un prejuicio, un preconcepto o un apego emocional, nuestro cerebro tiende a registrar o “anotar” sólo las experiencias e información que confirman nuestra creencia, ignorando por completo la masiva cantidad de experiencias e información que la contradicen. Se me pasaron por alto todas esas ocasiones en que escogí una caja expedita y en las que ni siquiera me detuve a observar si había alguien en otra línea envidiando cómo yo atravesaba la puerta de EXIT. Del mismo modo, muchas veces soy  yo en el expressway quien avanza más rápido que el prójimo, pero ello no recibe en mi cognición la anotación de “experiencia contraria a la Ley de Murphy”.

Si el sesgo confirmativo funciona hasta en una broma como la Ley de Murphy, imaginemos cómo debe funcionar maravillosamente cuando el cerebro trata de defender fortalezas ideológicas.

Conocí hace mucho a alguien que llevaba un curioso amuleto en su pecho al que acariciaba toda vez que se encontrara en un momento de incertidumbre o expectación ante un resultado deseado pero fuera de su control. Mi amigo afirmaba que su amuleto funcionaba “casi siempre”. Pero si ello fuera cierto y alguien pudiera tener acceso a un artefacto que eche la suerte a su favor “casi siempre”, en poco tiempo esa persona se convertiría en millonaria y desarrollaría habilidades extraordinarias. Pero mi amigo era un mediocre estudiante con dificultades económicas y grandes inseguridades; obviamente para mí, era su sesgo confirmativo lo que le hacía seguir creyendo en su amuleto.

Conozco en la actualidad alguien que siempre ora por conseguir estacionamiento en el down town de Chicago. A veces tarda 5 minutos, 10 minutos y hasta 20 minutos, pero hey! a veces al llegar frente a su destino alguien se está marchando, dejándole el espacio de parqueo de manera “milagrosa”; y cuando eso pasa, mi amigo me hace ver emocionado cómo es efectiva su oración. Por mi parte nunca rezo, y conseguir estacionamiento en el down town de Chicago también me toma a veces 5 minutos, 10 minutos y hasta 20 minutos, pero hey! a veces al llegar frente a mi destino alguien se está marchando dejándome el espacio de parqueo de manera … completamente aleatoria y de acuerdo a lo que la estadística pronosticaría. Mi amigo es víctima del sesgo confirmativo.

Rodeado como estoy de personas religiosas (como nunca lo estuve en cualquier otra etapa de la vida), puedo observar sesgo confirmativo “on parade” casi a diario. Si alguien enferma, comienzan las oraciones grupales e individuales; y como la mayoría de enfermedades siguen su ciclo de aparecimiento–desarrollo–remisión, sea que el enfermo sane en tres días o en tres meses siguiendo el adecuado tratamiento médico, invariablemente todos lo adjudicarán al “poder de la oración” y reforzarán su creencia. Lo mismo sucederá cuando alguien pierde su empleo, el acto de encontrar otro después de enviar curriculums y obtener entrevistas, es adjudicado también al poder de la oración. Una recaída en la enfermedad o un nuevo despido después de una semana en el nuevo empleo JAMAS será considerado como evidencia en contra del poder de la oración; a todos se les irá por alto y comenzará una nueva oportunidad cuyo resultado será siempre la confirmación de lo que ya creen.

Veamos lo que pasa con los desastres. Si se estrella un avión, y de 200 personas a bordo sólo sobrevive una, el asunto será interpretado como “un milagro” otorgado desde lo alto, sin jamás considerar que para las 199 personas fallecidas lo mejor que pudo ocurrir es que nadie hubiese practicado un milagro a costa de sus vidas. Así los terremotos, tornados, huracanes, inundaciones, etc, dejarán a su paso destrucción y muerte distribuida en forma estadística y aleatoria, pero esas pocas personas o casas que se salven serán vistas como confirmación de un poder protector inefable. Nunca las muertes y pérdidas se tomarán como contraevidencia de esa protección. Cada año decenas de mineros mueren soterrados en el interior de la tierra, pero basta que en un caso un pequeño grupo sea “afortunado en el infortunio”, se salve por estar en una bolsa de vida y luego de que se pone a funcionar todo el esfuerzo, ingenio y tecnología humana para traerlos a la superficie, entonces increíblemente todo el crédito se lo lleve la mística fuerza protectora que forma parte de las creencias generalizadas.

Por su parte, los charlatanes de todo tipo, deben su éxito al sesgo confirmativo de las personas que les escuchan. Son muchos los ejemplos pero mencionaré solo a esos “adivinos” que cada comienzo de año prueban suerte con pronósticos tan vagos y de tan alta probabilidad como “habrá un terremoto en un país que da al Océano Pacífico” o “habrá un gran huracán en el Caribe” o “morirá una ex estrella de cine”, pero que salpican su paquete profético con algunas predicciones más específicas, mencionando el nombre del país del desastre o el nombre del artista que va a morir. De más está decir que las más de las veces fallan miserablemente, pero nadie se da cuenta de ello porque se quedan muy callados y nadie recuerda qué fue lo que pronosticaron. Pero he aquí que conforme a una normalidad estadística, a veces, sólo a veces, alguno de ellos acierta en alguna de sus muchas profecías. Entonces es publicitado a lo grande en los tabloides y el adivino en cuestión explotará para siempre su “acierto” en su cultivo y cosecha de creyentes.

La estadística funciona y el sesgo confirmativo también. Si juego lotería todos los días de mi vida y le pido al duende de la fortuna que me conceda ganar, es muy probable que eventualmente le pegaré al premio, y aunque me haya gastado más en comprar boletos que lo ganado, ello será suficiente para otorgarle crédito al susodicho. Las miríadas de ocasiones en que no tuve éxito no serán nunca consideradas como contrargumento a los poderes de mi duende.

Ninguno de nosotros está libre de sesgo confirmativo, algunos ni siquiera están conscientes de que exista tal cosa. Así nuestra visión política y epistémica será su prisionera, impidiéndonos cualquier aproximación de comprensión hacia el adversario.

Los investigadores científicos tampoco son de palo, y tenderán a ser presas de su propio sesgo confirmativo hacia sus acariciadas hipótesis. Pero aquí es precisamente donde entra en juego el Método Científico (ya discutido) y el sistema de “Peer Review” que mantendrán en brida la muy humana tendencia a desbocar hacia lo deseado. La ciencia funciona gracias a sus mecanismos de defensa contra los sesgos confirmativos y otras debilidades personales.

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